14 February 2008

¡AY SAN VALENTÍN, AHÍ TE VA UN VIDEO Y UN CUENTO!



AMOR ANIMAL

Por: Max Palacios



I

-Ahora tienes que comprarte una mascota –dijo Candela con un tono de voz impositivo.
-Sabes que no puedo: el departamento es muy pequeño y además no tengo tiempo para cuidarla –alegó Sebastián.
-Amor, es que siempre estás solito y una mascota te va a hacer compañía –apeló ella-. Un perrito sería ideal –insistió, sabiendo que iba a terminar convenciéndolo.
-No me gustan los perros, me parecen muy pegajosos, muy melosos…, terminaría aburriéndome en una semana.
-Entonces, otro tipo de mascota.
-Un gato estaría bien –dijo Sebastián con la esperanza de que ella aceptaría la idea.
-No, un gato no. Los gatos son ingratos, indiferentes, poco amigables.
-Ya ves, iría bien conmigo, así no me molesta ni yo tampoco lo molesto.
-No, Sebastián, debes tener otro tipo de mascota.
-¿Qué mascota?
-No sé, ya encontraremos. Podemos ir a una pet shop y de repente encontramos algo que nos guste a los dos –dijo finalmente ella para acabar con la discusión.

No le gustaba la idea de pasar una tarde del sábado buscando un animal; sin embargo, no quería discutir por algo tan insignificante. Salieron del departamento y fueron al centro comercial a buscar la bendita mascota.

Estacionaron el auto en la playa para clientes y en unos minutos ya estaban observando los diferentes animales que se exhibían en la tienda: cachorros de labradores, poodles, yorkshire terriers y collies; crías de gatos persas, siameses y angoras; canarios de variados colores; juguetones hansters, conejos de inocente mirada y pececitos de apariencia luminosa.

-¿Te gusta algo? –preguntó ella iniciando la discusión.
-Nada.
-No te gusta ese cachorrito de labrador –dijo ella señalando un perrito de color negro.
-¿Un labrador?, ¿estás loca, mujer? ¿Te imaginas un labrador en mi departamento? –dijo él y se cruzó de brazos.
-Tienes razón, sería un desastre. Bueno, entonces unos canarios.
-¿Unos canarios?, ¿me has visto cara de maricón?
-¿Por qué eres tan grosero para hablar, Sebastián? ¿Yo no sé cómo puedo estar con un hombre como tú?
-Pero, ¡cómo se te ocurre que voy a tener canarios en mi casa!
-Era una idea, nada más. No es para que me hables así.
-Bueno, discúlpame, no quiero pelear contigo –dijo Sebastián y atrajo el delgado cuerpo de su chica para besarla en la frente.
-Sigamos viendo. Por allá no nos hemos fijado –dijo Candela.

Buscaron y buscaron en la tienda y no hallaron el animal adecuado. Finalmente, cuando ya estaban a punto de salir, distinguieron a una tortuga.

-Mira, ¿qué te parece esa tortuguita? –dijo ella señalando una de las jaulas de la tienda.

Sebastián se alisó el pelo y se detuvo a pensar un momento con las manos en los bolsillos. Miró al pequeño animal durante unos minutos apreciando los pro y los contra de tener un animal como ese.

-Una tortuga sería perfecta –dijo al fin Sebastián-. Además, no ladran, no maúllan, no se orinan, mejor dicho: no joden.

Se acercaron a uno de los muchachos que atendían y le ordenaron que alistara al pequeño quelonio para llevárselo.

-¿Qué es lo que come? –preguntó Candela al muchacho.
-Lechuga, tomate, migas de pan, ¡ah!, y carne molida.
-¿Carne molida? –preguntaron los dos.
-Sí, lo que pasa es que estas tortugas son carnívoras.
-¿Carnívoras? –preguntó Candela.
-Bueno, sí, pero unos gramitos nada más.
-¿Algún cuidado en especial? –preguntó Sebastián.
-No, el único cuidado es ponerla en el agua unas dos horas al día porque es una tortuga semi-acuática.
- ¿Es hembra o macho? –preguntó la chica.
-Macho –contestó el dependiente.

Candela pagó el importe y salieron de la tienda con una cajita pequeña. “¿Qué nombre le vas a poner?”, preguntó Candela. “Aquiles”, respondió Sebastián. “¿Aquiles? Oye, ¿no puedes olvidar por un momento tu literatura?”, le replicó Candela. “Se llamará Aquiles y punto”, determinó Sebastián. “Además, Aquiles es un buen nombre para este animal y te apuesto que va a ser tan veloz como el de los pies ligeros”, agregó. “Cómo el de los pies ¿queeeé?”, preguntó ella. “Nada, mujer, nada”. Llegaron al auto y enrumbaron al departamento.

Apenas llegaron a casa, se dispusieron a preparar un rinconcito para la tortuga. La colocaron en un recipiente de agua con pedazos de lechuga y tomate. Después de terminar con la tarea, Sebastián propuso:

-Salgamos a tomar algo.
-Ve tú, si quieres. Yo quiero quedarme a ver cómo come.
-Bueno, voy a la bodega a comprar unos tragos.

Se colocó un abrigo y salió rumbo a la tienda. En la calle, la intensa garúa de la noche lo obligó a levantarse las solapas del abrigo. Mientras caminaba, Sebastián se preguntaba en qué momento llegó a enamorarse de una mujercita tan engreída y dominante. Tenía ganas de mandarla a la mierda, pero no podía. Algún tipo de sentimiento reprimía sus impulsos agresivos. Además, con todas sus cosas, Candela era la única mujer que lo había hecho sentir feliz y había generado en él una dependencia emocional de la que no se podía desprender.

Llegó a la bodega y pidió una botella de ron y una Coca-cola. Colocaron las botellas en una bolsa negra, Sebastián pagó y salió sin despedirse. Cuando llegó nuevamente al departamento, escuchó el teléfono y se apresuró a contestar.

-¿Quién era? –preguntó Candela.
-Michael.
-¿Y qué quería ese borracho?
-Nada, tomar unos tragos.
-No le habrás dicho que venga, ¿no?.
-No te preocupes, no le he dicho nada.
-Sí me preocupo. No sé como puedes tener esa clase de amigos.
-Oye, mujer, Michael es un buen tipo, un poco trastornado, pero un buen tipo. Además es el único con el cual puedo conversar.
-Sí, pero cuando se pone a hablar de literatura, de filosofía y no sé que más, la verdad, es que me aburre. Aparte que cuando se emborracha, se pone pesado.
-Bueno, finalmente no lo invité.
-Pon algo de música, pero, por favor, nada de dark ni de lo que escuchas –dijo Candela con cierto tono de súplica. Luego cogió la bolsa que había traído Sebastián, fue a la cocina y preparó los tragos. Cuando entró a la sala, encontró a Sebastián examinando a la tortuga.
-¿Qué haces, amor?
-Estoy tratando de buscar su sexo.
-Sólo a ti se te ocurren esas cosas –le dijo acariciándole el pelo. Le entregó uno de los vasos y se sentó en el sofá.
-Sebastián, hoy día tengo que regresar temprano a casa, mi mamá me está molestando mucho.
-¿No le dijiste que te ibas a quedar a dormir en la casa de una amiga? -preguntó él y dejó la tortuga dentro de la caja.
-No. Ya no me cree ese cuento. Desde que estoy contigo está muy desconfiada.
-Bueno, entonces terminamos esto y nos vamos, pero antes tenemos que ponernos al día, amorcito.
-Tú siempre pensando en eso, ¿no? En lugar de hablar tonterías preocúpate por instalar a la pobre tortuga.
-Pero…
-No, señor. Nada de peros –dijo Candela, se acercó al balcón y abrió las ventanas para apreciar mejor el horizonte marino que se extendía frente a ella.

Terminaron los tragos, salieron del departamento y en pocos minutos Sebastián dejó a Candela en su casa. Antes de bajar del auto, le dijo al oído: “No te olvides de que me debes una”. Candela lo amonestó con la mirada y movió la cabeza de un lado a otro. “Amorcito, deja de pensar en esas cosas”, le dijo ella antes de despedirse.


II

-Hace tres días que este reptil no come nada –dijo Sebastián desde el sillón donde estaba sentado, apenas ingresó Candela.
-¿Desde la última vez que nos vimos no come nada? –preguntó la chica, dejó la revista de moda que llevaba bajo el brazo y cogió a la tortuga entre sus dedos-. ¿Qué pasa, Aquiles?, ¿Este irresponsable no te da de comer?
-Le he puesto todo lo que nos dijeron en la tienda, pero nada.
-Yo voy a hacerla comer.
-¿Sabes que la tortuga simboliza la lascivia femenina? –preguntó Sebastián, intentando sorprender a la chica.
-¿De dónde sacaste eso, Sebastián?
-Del Diccionario de símbolos de Cirlot. Para cierta tribu del África, la tortuga simboliza la lujuria. Para los hindúes simboliza el mundo: la parte curva del caparazón simboliza la esfera celeste y la parte plana, la tierra. En la mitología indostánica se afirmaba que la tierra era plana, cuadrada e inmóvil y que dicho plano estaba sostenido por cuatro tortugas. Además…
-Además, nada. En lugar de estar leyendo estupideces deberías preocuparte por este pobre animalito.

Sebastián se levantó, fue a la cocina, abrió el refrigerador y sacó un tomate, un pedazo de lechuga y trozos de carne molida. Picó el tomate y la lechuga y los colocó en un plato pequeño, junto con la carne. Salió nuevamente a la sala y colocó los alimentos dentro de la cajita de la tortuga. Candela intentó darle de comer al animal, pero nada.

-Ya ves, no quiere comer nada.
-Hay que llevarla al veterinario, sino se va a morir de hambre.
-Ya es muy tarde para llevarla al veterinario.
-Entonces, dame la guía telefónica para llamar y hacer una consulta.

Sebastián se levantó de mala gana y fue a buscar una guía telefónica. La encontró en un armario del dormitorio. Regreso y se la entregó a Candela. La muchacha cogió el teléfono y marcó todos los números de posibles veterinarias sin obtener respuesta.

-Bueno, mañana la llevaremos a consulta, pero ahora creo que tenemos algo pendiente –dijo finalmente Sebastián.
-¿Qué cosa?
-Mujer, no te hagas. Sabes a lo que me refiero.
Candela intentó adivinar los pensamientos de Sebastián y se encontró con una mirada lúbrica. Se levantó del sofá y se paró frente a él con las manos en la cintura.
-Oye, la pobre tortuga no come hace tres días y tú sólo piensas en acostarte conmigo. Debería darte vergüenza.
-Pero mujer, hace días que no tenemos nada –dijo Sebastián y atrajo hacía sí a la chica.
-Y no va a pasar nada mientras la tortuga no coma –dijo Candela zafándose de los brazos de Sebastián.
-Candelita, mañana cumplimos medio año de enamorados y tenemos que celebrarlo desde hoy día.
-Mira, Sebastián, ese pobre animal se va a morir de hambre y tú sólo piensas en sexo. Te voy a decir una cosa: si ese animal se muere, ve haciéndote la idea de que lo nuestro no va a funcionar. Si no puedes cuidar a un animal no pretendas mantener una relación –terminó de decir Candela, cogió la revista de moda de la mesa de centro, se colocó el blazer azul marino que había dejado sobre el sillón y salió del departamento dando un portazo.

III

A esa hora, la discoteca estaba abarrotada de gente. Todo el mundo se movía frenéticamente en la pista de baile. Candela, Liliana, Michael y Sebastián permanecían sentados en una de las pocas mesas del lugar.

-Acompáñame al baño –le dijo Liliana a su amiga y se levantó de la mesa.

Las chicas avanzaban hacia los servicios, observando el panorama. “¡Qué aburrido que es tu enamorado, Candela!”, dijo Liliana esquivando a las parejas que bailaban. “Sí, pues, hija, ¿qué puedo hacer?”, respondió la muchacha tras los pasos de su amiga. “¡Déjalo, pues, y consíguete otro!”. “No seas malvada. Sebastián es un poco aburrido, pero es muy lindo, además es muy inteligente”, apeló Candela.

Sebastián vio cómo las chicas desaparecían entre la multitud, cogió su vaso de Cuba libre y tomó un sorbo. Miró de refilón a Michael y agachó la cabeza.

-¿Qué pasa, Sebastián?, ¿por qué esa cara?
-No sabes lo que ha pasado, hermano.
-¿Qué cosa?, cuéntame.
-Te acuerdas de la tortuga que me regaló Candela.
-Sí, me contaste: la tortuguita que no quería comer.
-Bueno, sí, lo que pasa es que el reptil de mierda finalmente se murió –afirmó Sebastián y se llevó otro sorbo del trago a la boca.
-¿Cómo?, ¿se murió? Puta madre, la cagaste. ¿Qué pasó?, ¿no le dabas de comer? Y ahora como le vas a decir a Candela. Se va a poner hecha una fiera. No me gustaría estar en tu pellejo.
-Sí. No sé que voy a hacer, de hecho que no se lo voy a decir, pero seguro que se va a dar cuenta. Cada vez que llega al departamento lo primero que hace es saludar a la tortuga.
-Espera el mejor momento para que se lo digas. Y ahora, cambia de cara que allí vienen las chicas.

Las muchachas se sentaron y apuraron el contenido de sus copas. Liliana se levantó y luego de beber el último trago dijo:

-Ya tengo que irme, chicos.
-Un minuto, ya todos nos vamos –dijo Candela y se levantó también.

Salieron de la discoteca después de la medianoche. Liliana y Michael tomaron el mismo taxi. Candela y Sebastián fueron a la cochera para sacar el auto.

-Deberías ser mas divertido, amor –dijo Candela para romper el silencio mientras se dirigían al departamento.
-Tú sabes que a mí no me gustan estos lugares –intentó defenderse Sebastián.
-Pero aún así. No debes ser tan pesado. Cuando yo voy a los lugares que me invitas, trato de adaptarme a las circunstancias.
-Está bien, mujer, la próxima vez será mejor.

Llegaron al departamento casi temblando. Afuera, la persistente garúa producía una humedad intolerable. Apenas ingresó al dormitorio, Candela se coló entre las sábanas.

-No vas a regresar a tu casa –preguntó Sebastián.
-Hoy día me quedo contigo.

El muchacho abrió los ojos más de lo debido y la embriaguez lo hizo sentir muy leve. Se acercó a ella y la llenó de besos. Ella lo tumbó boca arriba, se sentó sobre su vientre y se sacó lentamente la blusa de algodón que llevaba puesta. Arrojó el sostén negro a un lado de la cama y cuando sus enormes pechos redondos invadieron el espacio, ella preguntó:

-¿Y la tortuguita?, ¿dónde has metido al pobre Aquiles’
-Ya debe estar durmiendo, mujer. Ven a mis brazos.
-Todavía no. Tengo que saludar a la tortuga –dijo la muchacha e intentó escabullirse de los brazos de Sebastián.
-Mujer, deja en paz a la tortuga, más tarde la saludas. Ahora, ven acá, que tienes algo pendiente conmigo desde hace muchos días.
-Tengo que saludar a Aquiles –dijo Candela, y se colocó la blusa rápidamente. Salió de la cama y empezó a buscar al animal.
-No lo vas encontrar.
-¿Cómo dices?
-No vas a encontrar a la maldita tortuga: se murió.

Candela emergió debajo de la cama y le dirigió una mirada de angustia a Sebastián. “¿Qué estás diciendo?”, preguntó. “Lo que escuchaste: el reptil se murió”. “Eres un pobre imbécil, Sebastián. Creo que me equivoqué contigo”. Se levantó furiosa y se colocó la casaca negra que dejó tirada en el piso al momento de desnudarse.

-¿Adónde vas?
-Vete a la mierda –dijo finalmente Candela y salió.

Un minuto después, la chica regresó para decir: “Por favor, no vuelvas a buscarme nunca más en tu vida”. Sebastián permaneció en la cama sin saber qué decir. En sus manos descansaba un animal muerto, que no era precisamente una tortuga.




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