01 October 2007

AMPUERO SOBRE SALINGER


UNA BREVE SEMBLANZA EN EL DOMINICAL

Después de la entrevista a Benavides, pude disfrutar de la lectura de algunas reseñas y artículos en la edición de El Dominical del día de ayer. En la misma pudimos encontrar, también, una pequeña semblanza de Fernando Ampuero sobre el escurridizo y enigmático narrador norteamericano, J.D. Salinger. Todos saben de mi debilidad por la narrativa corta de este estupendo escritor, y sabido tambien es que muchas de las técnicas que el autor de Nueve cuentos ha utilizado han sido aprovechadas con total desparpajo -y no sé si con fortuna- en algunos de mis libros de cuentos.

En la mencionada semblanza, se relata el encuentro literario entre Salinger y su maestro de aquella época, Ernest Hemingway:

Salinger mostró a Hemingway dos de esos relatos. Lo hizo en calidad de autor joven que admira al maestro, y la leyenda cuenta que el viejo zorro estaba de buen humor cuando se vieron. Finalizaba entonces la segunda guerra mundial. El encuentro ocurrió en París, en los primeros días de la liberación. Hemingway, adelantándose a la tropa, había decidido 'liberar' por su cuenta y riesgo el bar del lujoso Hotel Ritz. De pie, acodado en la barra, recibió a Malraux, quien apareció vestido con uniforme de gala, y a otras personalidades de las letras francesas, también luchadores de la resistencia, como Sartre y Simone de Beuvoir. Salinger, su compatriota, llegó después. Y ambos, a juzgar por las cartas que citan los biógrafos, intercambiaron cumplidos y se dieron un trato casi reverencial. Con la generosidad de quien está en la cresta de la fama, Hemingway señaló incluso que había visto una fotografía suya en Esquire. (Debió ser la última foto autorizada por Salinger, pues luego, avanzada su neurosis, éste prohibió que sus libros reprodujeran fotos y hasta noticias del autor). Lo cierto es que el muchacho abrió su alforja y le entregó el par de cuentos. Y que Hemingway le aseguró que se haría de un tiempo para leerlos.

¿Qué pasó luego? ¿En medio de tantas vicisitudes, y transido por los vapores del vino, el viejo leyó al joven sin libro publicado? Quien sabe. Pocos años después, en todo caso, seguramente lo leería, pues Salinger dio el batacazo con El cazador oculto y Nueve cuentos, y, fuera de revelar que era un digno discípulo suyo, le haría ver que sus personajes se hallaban en trincheras opuestas. Frente al heroísmo hemingwayiano o el culto al valor, Salinger oponía el trauma de guerra, el soldado en colapso nervioso.