06 September 2009

ENTREVISTA A XAVIER VELASCO


El día de hoy, en el suplemento Luces de El Comercio, Gonzalo Galarza entrevista al entrañable y divertido escritor mexicano Xavier Velasco, el autor de la muy leída novela Diablo guardián (Premio Alfaguara, 2003), en la cual se confiesa con desparpajo sobre la fama tras el éxito de la premiada novela y sobre las altibajos de su vida como escritor.

Los dejo con algunas preguntas:

¿Tuviste que volver al origen literariamente tras el éxito?
Sí. Antes de “Diablo guardián” tenía una historia que quería escribir. Pero después del premio vino una avalancha, una ola en la que me subí muy feliz y muy irresponsable, porque creí que de ahí en adelante todo iba a ser bueno. Sin embargo, pasó un año y les dije a mis editores: No sé si se acuerdan que yo antes escribía. Solo hacía lo del periódico el domingo. Dos años no escribí nada.

Pero antes de “Este que ves” salió “El materialismo histérico”.
Son historias que tenía hechas y me dediqué a corregirlas. Cuando me lancé a escribir esta otra historia que tenía a la tercera parte me di cuenta de que no podía, que estaba trabado y me regresé al origen y escribí una novela de infancia. Me daba un pavor espantoso. Era un momento de mucho sufrimiento: mi vida sentimental y personal se me había derrumbado. Viví un par de tragedias muy tristes y creo que me recobré y me salvé escribiendo “Este que ves”. Después volví a mi historia que estoy cerca de terminar. Tiene 800 páginas. Se llama “Puedo explicarlo todo”.

¿Qué tanto contribuyó el éxito a que se desmorone todo?
No quiere uno aceptar que el éxito tiene un precio. Quieres volar gratis. Y te vas convirtiendo en un papanatas y no te das cuenta. Todo el mundo te sonríe y a todo el mundo le sonríes. Te tratan muy bien. Te quitan el nombre y eres el Premio Alfaguara y ya no eres tú. Pero la pasas tan bien que no te das cuenta de que por dentro algo se va minando y destruyendo y te vas convirtiendo en un inútil. Es decir, vas perdiendo la capacidad de pelear y toda tu vida has escrito peleando por algo, lleno de contradicción, de inconformidad, de rabia a veces; y cómo vas a escribir si estás tan feliz y en todas partes te consienten y te llevan en “business class” y a buenos hoteles y conoces mujeres bellísimas y todas te quieren abrazar y te hace pensar: ¿Qué le pasó a la vida? Nunca me había sucedido. Jamás. Siempre he sido bastante desafortunado. Quizá eso alimentó bastante mi trabajo. No entendía que la adversidad era mi aliada. Cuando se fue, me quedé solo. Y no puedo renegar. A “Diablo guardián” le ha ido bien y puedo vivir de esto. Volvería a aguantarlo todo pero hay un precio.

Porque antes era un vampiro anónimo.
Sí. Y de pronto el anonimato te lo quitan y te sientes vigilado y no te sientes a gusto y dices: ¿Cómo rescato el anonimato? Un día en Madrid cenando con Arturo Pérez Reverte decidí quejarme y le dije: No sé qué hacer, Arturo. Me estoy volviendo loco. Ya no sé quién soy. Se empezó a reír y me dijo: No seas idiota. ¿Cómo no sabes quién eres? Eres un tío que escribe libros. Ese eres tú. No necesitas sentirte anónimo para observar. El trabajo del escritor es observar. Me gustaría decirte que eso me rescató pero no. Me ayudó a pensar que quizá el asunto tenía solución. Este juego no es escribir ni corregir ni siquiera es complicarte. Lo verdaderamente difícil es cuando tienes que dar la cara por tu trabajo. Y a veces te divierte hablar del tema pero algo adentro va resintiendo los golpes y de pronto te desconcierta mucho. No me quejo. Así es el juego. Me gusta que sea así, arriesgado, que duela y que tenga precio. Si el precio es un poco de desdicha, la desdicha te hace escribir. Bienvenida sea en una dosis razonable.

En tu obra siempre están los personajes pícaros, cínicos…
Uno de los primeros libros serios que leí a los 13 años fue el “Lazarillo de Tormes”. Desde entonces me gustaron los pícaros. Sentí que me identificaba profundamente con ellos. Estos personajes escondidos me gustan. Todos mis personajes hacen trampas. La ficción también es hacer trampas.

¿Y en ese sentido eres un gran embustero?
De niño mi más grande aventura era entrar sin pagar a los espectáculos. Mis papás me llevaban al cine y les decía espérense tantito y cuando se daban cuenta ya estaba adentro. Era feliz de entrar sin pagar.

(...)

En tus obras el dinero lo despilfarran como si tenerlo lo llevara a uno a la desgracia.

No respeto el dinero. Cuando ha llegado a mi vida me la ha complicado mucho. “El materialismo histérico” y “Diablo guardián” los escribí al mismo tiempo. Al hacerlo ya me estaba arruinando. Estaba contrayendo una deuda que llegó a treinta mil dólares. ¿Cómo iba yo a pagarlos? Entonces me iba arruinando alegremente. Y una forma de desahogarme era escribir “El materialismo histérico”, en el que la gente no respeta el dinero y es el mayor objeto de mofa. A mí me han quitado cientos de tarjetas de crédito con abogados. Pero llegó un momento en que aprendí a ser serio. Llevo como 15 años sin que me quiten una tarjeta de crédito.

Esos treinta mil dólares eran crédito del banco
No, de un amigo de mi padre que me dijo: Muchas veces los que hacemos dinero ya no queremos hacer más dinero sino colgarnos un clavel en la solapa. Yo quiero que tu trabajo sea ese clavel. Me prestó el dinero. Y se lo pagué.

El premio de 175 mil dólares fue una salvación.
Sí. Yo dije no es el Premio Alfaguara sino el Rescate Alfaguara. Pero no me asusté, me reí como una hora, no podía parar. Las primeras noches después del premio empezaba a recordar como en una película todos los rechazos desde la primaria, de mujeres, de trabajo y profesores, el día que un profesor le dijo a mi madre que mejor me dedicara a barrendero porque era el peor alumno de la escuela. Recordaba todo eso y cada vez que lo hacía me volvía a reír. Era como ajustar cuentas con la vida. Decir: Saben qué, no estaba tan loco. Yo sé que este proyecto no daba para creer en él, pero yo creía fanáticamente y para mí creer así significa decir mi trabajo está allí y él que me diga no sirve le saco los ojos. Creo mucho en el respeto al trabajo. El trabajo no tiene por qué ser humilde, yo sí. A mí que me digan todo, mi trabajo no me lo toquen, si no lo mato.