27 July 2006


AMOR FETICHE



No sé cuando empezaron a gustarme los pies. Creo que desde los diez años. Mi madre acostumbraba a decirme: “Hijito, yo no sé por qué tú me has salido feíto, pero hay algo de tu cuerpo de lo cual no te puedes quejar: tus pies. Son bellísimos”. Siempre me quedé con esa idea en la mente: Yo soy feo, pero mis pies son bonitos. Y ser feo sí que era algo terrible porque desde que naces te vas dando cuenta de que te apartan, te segregan, te discriminan, incluso en tu propia familia, las tías no te hacen muchos mimos y los primos no quieren jugar contigo. A pesar de todo, siempre me consolaba la idea de que mis pies eran hermosos.

Cuando salí del colegio no quise ir a la universidad. Mi madre insistía en que estudiase una profesión como mis hermanos, pero yo me negué rotundamente. Lo único que quería era ser podólogo. Leí cuanto estuvo a mi alcance para enterarme del mundo de los pies: llegué a saber de leyendas de la antigua China en donde se obligaba a las mujeres a tener los pies pequeños, condenándolas a terribles dolores por someterse a zapatos de no más de siete centímetros, o sobre las historias de las tapadas limeñas cuyo único sueño era tener los pies más diminutos de la ciudad. Pero eso no me bastó: llegué a clasificar a las mujeres de acuerdo con la forma de sus pies. Si el pie era largo como un zapato de hombre, se trataba de una mujer floja, acostumbrada a la vida fácil, de esas que caminan pidiendo permiso a las sandalias. Si, por el contrario, era pequeño, se trataba de una mujer lasciva, que no perdía la menor oportunidad para entregarse a los bajos placeres. Si el pie era regordete, se trataba de una mujer voraz, capaz de llegar a la mezquindad con tal de mantener esa forma cilíndrica y embutida de los pobres pies que sostenían un cuerpo lleno de grasa y celulitis. Y si los pies eran delgados y armoniosos, se trataba de una mujer elegante y refinada, nacida para los exquisitos placeres y la buena lectura, y que lo único que pretendía en la vida era vivir de acuerdo con sus propias leyes y apetitos. Estos pies eran difíciles de encontrar: sólo los podía apreciar en las revistas de modas y del jet-set. Me hice la promesa de que si algún día encontraba esos pies, no dudaría en unir mi vida con esa persona.
No me fue muy fácil ingresar al mundo de la podología. Tuve que indagar mucho para dar por fin con un centro podológico, cerca al malecón de Miraflores. Separé una cita para el día siguiente. Aquella noche no pude dormir, ilusionado con la idea de descubrir el nuevo mundo que se abría a mis ojos. Al despertarme tomé un baño con mucho cuidado. Dejé mis pies impecables y me coloqué las mejores medias y unos zapatos que evitaran que sudaran. La doctora se quedó asombrada al ver el encanto de mis extremidades. Me aseguró que yo no necesitaba ningún tratamiento y al momento le confesé mi intención de convertirme en podólogo. Le dije que podía ser capaz de hacer todo lo que ella me ordenase con tal de permanecer en su consultorio. Incluso le manifesté que no aspiraba a ningún salario, tan sólo me conformaba con que me diera para los pasajes. De tanto insistir, la doctora terminó por aceptarme como ayudante de limpieza y si ponía empeño, con el tiempo podía llegar a atender a algunos clientes.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que la doctora tomara confianza en mí y se animara a consentirme el cuidado de algunos usuarios del consultorio. En realidad me entregaba a los peores clientes. Aquellos que llegaban con problemas de callosidades, juanetes, pie de atleta y otras monstruosidades semejantes. Jamás pude contemplar un pie sano y mucho menos hermoso. Lo único que me consolaba era los catálogos de sandalias y zapatos que entregaban en los grandes centros comerciales durante la temporada de verano. Abandoné el consultorio desanimado por el trabajo que realizaba y la clase de clientes que llegaban al lugar.
Sin embargo, no todo el verano fue malo. A fines de enero empecé a salir con una amiga del barrio. Era una vecina que conocía desde pequeñita. Siempre la veía salir hacia el colegio con su uniforme de escolar por las mañanas. Nunca me fijé en ella, pero en los últimos años había desarrollado su cuerpo de tal manera que era imposible no dejar de mirarla. La invité al cine un fin de semana. Después de la función fuimos a sentarnos a la banca de un parque. No me animé a declararme porque aún no había visto sus pies. Las manos eran perfectas, lo cual me otorgaba alguna esperanza de que los pies serían bellísimos, pero no tenía porque apresurar las cosas. Quedamos en ir a la playa el sábado siguiente. Allí aprovecharía la ocasión de contemplar la delicadeza de sus pies a la luz de un sol de mediodía.

Cuando llegó el sábado, me desperté con una ansiedad poco conocida en mí. Preparé algo de refresco y unos sándwichs. Caminé hacia su casa con paso rápido y firme: en pocas horas iba a salir de mi incertidumbre.

Llegamos a la playa de Punta Hermosa a las once de la mañana. Caminamos por el malecón un buen rato y después encontramos un buen lugar para ubicarnos. Ella tendió su toalla sobre la arena y se quitó el vestido de seda que ocultaba su diminuto bikini. Sacó del bolso un bronceador de coco y un protector solar que los fue colocando con cierta prudencia. Se sentó suavemente sobre un lado de la toalla y desató los pasadores de las zapatillas. Llevaba puesto unos tenis blancos recién estrenados. Me quedé parado observando cada uno de sus movimientos. Cuando ya estaba a punto de quitarse las zapatillas se quedó mirándome. “Por qué no te sientas”, me preguntó. “Así estoy bien”, le respondí al momento. “Siéntate, que me pones nerviosa”. Me senté sin despegar la mirada de sus extremidades. Cuando descubrió sus pies me preguntó:
-Son un poco feos, ¿no?
-!!!
-Respóndeme, ¿son feos o no?

Me levanté muy indignado y avancé con dirección hacia el paradero de regreso. Tuve que sortear en el camino a los heladeros y los vendedores ambulantes. Mientras me alejaba pude escuchar a mis espaldas unos gritos que no intenté descifrar. El sol caía sobre mi rostro despejado de toda duda.

3 comments:

lamanoblanca said...

Jajajaja...realmente me causo risa.Max escribe muy bien.

Isaac said...

Amena y curiosa escritura profesor... Espero que cuando usted llegue a leer lo que pronto escribiré, sea de su agrado... por el momento solo ha leído "Un beso con sabor a ron", pero verá que se vendrán muchas cosas más... Mis mejores deseos. Isaac Bazo

Víctor Coral said...

BUENA MAXITO!!!