11 April 2010

NABOKOV, EL PROFE



Durante casi 20 años, el autor de Lolita irritó, sorprendió y encandiló a sus alumnos de literatura en EEUU. Ahora sus lecciones llegan a Chile en dos tomos, que contienen su canon de la novela rusa y europea, así como sus fobias a Dostoievski, Gorki y Mann.

por Andrés Gómez Bravo - 10/04/2010

Era el profesor más popular del campus. El autor de Pnin, una sátira de la vida universitaria, y de un libro que aún no se publicaba pero del que todos hablaban, Lolita. Nadie quería perderse sus clases. Pero el profesor Nabokov, con fama de gracioso y extravagante, no daba tregua a sus alumnos. Al inaugurar el curso de 1957, les dijo que empezaran a leer Ana Karenina esa misma tarde. En dos semanas debían terminar sus 800 páginas. Así, "tendrán tiempo para volver a leerla dos veces antes del examen". Un mes después, el día de la prueba, Nabokov puso una pregunta que ninguno de sus estudiantes olvidaría: "Describa el papel pintado del dormitorio de los Karenin".

No era broma: Nabokov era un profesor atípico, que hacía preguntas inesperadas. Un extraño en el departamento de literatura de la Universidad de Cornell. A diferencia de sus colegas, detestaba las teorías literarias. "Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos", decía.

Naturalmente, la pregunta del examen aludía a un punto minúsculo en el gran escenario de Ana Karenina. La respuesta se encontraba en el capítulo 17: Ana agoniza en la cama y entre su delirio tiene un momento de lucidez. Fija la vista en la pared y señala: "¡Con cuán poco gusto han dibujado esas flores, no parecen en absoluto violetas!".

Su método irritaba y sorprendía a los estudiantes acostumbrados a los cursos "serios", repletos de tendencias y escuelas. A Nabokov no le interesaban. Tampoco le importaba ocultar sus fobias y entusiasmos. Deploraba el sentientalismo de Dostoievski. Al lado de Kafka, decía, Thomas Mann es un enano. Y Freud, no era más que un "charlatán vienés".

Algunos estudiantes se retiraban ofendidos de sus clases. Pero Nabokov era un seductor y la mayoría de sus alumnos lo recordaría como un profesor irresistible. Era "un actor excepcional, que podía dar la impresión de estar divulgando un secreto, la esencia misma de las cosas: nosotros pensábamos que iba a revelarlo todo", recordó Martha Updike.

Durante 20 años, Nabokov sorprendió, indignó y encandiló a sus estudiantes de literatura en Wellesley y Cornell. Alguna vez pensó publicar sus clases, pero nunca lo concretó. En 1972 revisó sus lecciones y se retractó: "Nunca deben publicarse". Pese a ello, tras su muerte fueron editadas en tres tomos. Dos de ellos acaban de llegar a Chile, Curso de literatura rusa y Curso de literatura europea. Y próximamente estará disponible el tercero, Curso sobre el Quijote. Coincide con ellos otro libro que Nabokov jamás pensó editar: El original de Laura (ver recuadro).

El hechicero

Nabokov llegó a EEUU en 1940 procedente de París. Huía de los nazis con Vera, su mujer, y su hijo Dimitri. Antes había emigrado de Berlín y mucho antes de San Petersburgo, donde nació en 1899. Su familia, rica y aristocrática, abandonó Rusia tras la revolución. Estudió literatura rusa y francesa en Cambridge y en Berlín sobrevivió haciendo clases de inglés, francés, boxeo, tenis y prosodia.

En EEUU comenzó enseñando ruso en Wellesley. Luego le asignaron un curso sobre literatura rusa. Ya entonces, Vera era su mano derecha. No sólo ordenaba sus notas; "llegó a redactarle clases enteras", cuenta su biógrafo Brian Boyd en Los años americanos. Asistente, crítica, chofer y una gran lectora, era su apoyo ideal. Lo acompañaba en sus clases y llegaría a sustituirlo algunas veces.

"Pushkin, Shakespeare y él mismo son sus tres escritores preferidos. Mann, Faulkner y André Gide comparten el dudoso honor de ser los tres escritores que más detesta", describió el periódico de Wellesley. Después de siete años como profesor asistente allí, Nabokov aceptó un puesto en Cornell. Sería el jefe del departamento de literatura rusa. En rigor, era el único miembro de un departamento que, se enteraría años después, no existía oficialmente.

En 1950 le escribió a su amigo Edmund Wilson: "El año que viene voy a dar un curso titulado Novelística Europea (siglos XIX y XX). ¿Qué escritores ingleses (de novelas o relatos) me sugiere? Necesito al menos dos". Wilson le recomendó a Jane Austen y a Dickens. "Le agradezco su sugerencia", respondió Nabokov, pero "no me gusta Jane (...). No soy capaz de ver nada en Orgullo y prejuicio..., pondré a Stevenson en lugar de Jane A.". Pero Wilson insistió y Nabokov se dio el tiempo de leerla.

De este modo, el primer autor de su curso de literatura europea es Jane Austen con su novela Mansfield Park. "Mansfield Park es un cuento de hadas; aunque en cierto modo, todas las novelas lo son", afirma. "El buen lector sabe que no tiene sentido buscar la vida real, la gente real y demás, cuando se trata de novelas".

Y aun cuando reconoce el mérito de la obra de la escritora, se siente mucho más a gusto con Dickens. "En nuestras relaciones con Jane Austen, hemos tenido que hacer cierto esfuerzo a fin de poder reunirnos con las señoras en el salón. En el caso de Dickens, nos demoramos en la mesa con nuestro oporto dorado", escribe. "Sencillamente, hemos de rendirnos ante la voz de Dickens: eso es todo".

Continúa con Flaubert. "De todos los cuentos incluidos en este curso, la novela de Flaubert Madame Bovary es el más romántico. Estilísticamente, es prosa ejerciendo la función que cumple la poesía". En ese firmamento brilla también En busca del tiempo perdido, "pura obra de la fantasía de Proust. Ana Karenina o La metamorfosis de Kafka también son fantasías.... y lo será la Cornell University, si algún día me pongo a escribir sobre ella retrospectivamente".

El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde y el Ulises de Joyce completan su visión de la novela europea.

Sobre esta última afirmaba que "es una divina obra de arte y vivirá a pesar de los insignificantes académicos que la convierten en una colección de símbolos o de mitos griegos".

Nabokov desmenuzaba cada obra. Hacía diagramas, se concentraba en su estilo y sus detalles. Era capaz de detenerse a discutir qué tipo de escarabajo específico era Gregorio Samsa. Y antes que el realismo o las ideas contenidas, le interesaba el encanto de las novelas. El arte. Todo escritor es un narrador, un profesor y un brujo, decía, pero "es el hechicero que lleva dentro lo que predomina y lo convierte en un gran escritor".

Ultima lección

En el curso de literatura europea Nabokov despliega toda su erudición e inteligencia. En el de literatura rusa, es más apasionado.

Aunque leía sus clases, solía bromear o recurrir a efectos teatrales para llamar la atención. Así, una tarde somnolienta en que sus alumnos no lograban concentrarse, apagó las luces de la sala. Bajó las persianas y se puso delante junto al interruptor. "En el firmamento de la liteatura rusa ¡este es Pushkin!", dijo, y encendió un cenital en el extremo izquierdo. "¡Este es Gogol!", y se prendió una luz del medio. "¡Y éste es Chéjov!", y activó la luz de la derecha. Luego fue hasta la ventana principal, soltó la persiana y mientras entraba un rayo de sol, bramó: "¡Y ése es Tolstoi!".

De entre todos ellos, al que más amaba era a Chéjov. Aunque no era un artista verbal, admiraba sus detalles, su delicadeza para transmitir estados de ánimo. A su vez, lo que más detestaba -tras Dostoievski- era la novela "proletaria", representada por Gorki. De hecho, en una ocasión recibió un catálogo de la biblioteca con las últimas novedades de literatura soviética. Lo devolvió rayado: "¡La literatura soviética no existe!".

A sus alumnos de la generación del 57 les dijo: "He tratado de enseñarles a leer libros por amor a su forma, a sus visiones, a su arte". Lolita estaba a punto de publicarse. Y esa sería su última lección.