10 December 2008

¿SE PUEDE ENSEÑAR A ESCRIBIR FICCIÓN?


SOBRE LOS TALLERES DE ESCRITURA

Ahora que estoy abocado en un taller de narrativa, con alumnos que me han sorprendido gratamente con sus trabajos creativos, leo en el diario La Nación de Argentina una reflexión de Adriana Schettini sobre los talleres de escritura creativa y los invito a reflexionar sobre el tema. Hay una cosa cierta que dice, se puede enseñar algunas técincas, estrategias, recursos y trucos literarios, pero no se puede insuflar talento y creatividad. Sin embargo, cabe destacar que las lecturas que se comparten dentro del taller bien valen la experiencia de compartir algunas semanas con los talleristas. Los dejo con el artículo:


¿Se puede enseñar a escribir ficción?

A partir de la década de 1960, los talleres literarios empezaron a proliferar en la Argentina. Como en las universidades no se dictaba escritura creativa, algunos escritores tuvieron la idea de dar clases en sus casas o en institutos. Buscaban transmitir su experiencia a quienes tenían la vocación de narrar y carecían de recursos técnicos para ello. Los referentes de esta actividad señalan los límites de su trabajo. Pueden adiestrar a los alumnos en el empleo de ciertos trucos, pero no insuflan talento donde no lo hay. En cambio, afinan la calidad de lectura de sus discípulos y los guían en la corrección de los textos, la tarea más difícil para un autor.

Por Adriana Schettini
Para LA NACION

La pedagogía mueve el mundo. La mecánica es simple: el dueño de un saber se lo transmite a otro que a su turno le entregará el tesoro, corregido y aumentado, a un tercero, en la certeza de que oportunamente éste hará lo propio con el siguiente interesado en sumarse a la cadena de la enseñanza y el aprendizaje. Esa suerte de carrera de posta se ha largado en la noche de los tiempos y no terminará ni un segundo antes del Apocalipsis. Es gracias a ese eterno maratón como progresan las ciencias y las artes. ¿Es posible enseñar? La pregunta sólo podría ser formulada por un devoto de las respuestas obvias.

¿Es posible enseñar a escribir? Basta agregar esas dos palabras al interrogante inicial para que la contestación deje de ser un sí monolítico e incondicional. En su lugar, aparece la delimitación de los territorios. Nadie niega la posibilidad de enseñar a escribir textos periodísticos, artículos académicos o ensayos. Pero la mayoría pone en tela de juicio que exista una pedagogía capaz de convertir a un individuo con buen manejo del idioma en un escritor de cuentos o novelas. Indiscutida en otras disciplinas, la dupla maestro-discípulo es zarandeada con vehemencia en el terreno de la narrativa.

La discusión viene de lejos y nunca fue saldada. A William Faulkner, por ejemplo, la sola mención del tema le encendía la ira: "Que el escritor se dedique a la cirugía o a la albañilería si está interesado en la técnica –le respondió a Jean Stein cuando lo entrevistó, en 1956–. No hay ninguna manera mecánica de escribir, no hay atajos. El escritor joven que siga la buena teoría es un tonto. Hay que aprender de los propios errores: las personas sólo aprenden por el error. El buen artista cree que no hay nadie suficientemente bueno para darle consejo. Su vanidad es suprema. Por más que admire al escritor más viejo, quiere superarlo".

Pero a diferencia del ganador del Premio Nobel de Literatura, en 1949, que no reconocía otro modo de aprendizaje que desplegar las alas de la suprema vanidad y largarse a volar, aun a riesgo de estrellarse una y otra vez contra la propia torpeza, Raymond Carver sometió su talento al rigor pedagógico del novelista John Gardner, su maestro en la Universidad de Chico, California. Y además, le quedó agradecido: "[Gardner] Me hacía una crítica concienzuda, línea por línea, y me explicaba los porqués de que algo tuviera que ser de tal forma y no de otra; y me prestó una ayuda inapreciable en mi desarrollo como escritor", contó el autor de Catedral en el prólogo al libro de su maestro, Para ser novelista.

En los Estados Unidos, la universidad de Iowa fue la primera en organizar cursos de "Creación literaria", a principios del siglo XX. La iniciativa hizo escuela: en la actualidad, "Escritura Creativa" está presente en los claustros universitarios estadounidenses. No es así en la Argentina donde, no obstante, los talleres literarios crecieron y se multiplicaron tanto que la oferta es hoy menor a la demanda. La lógica lleva a suponer que los escritores que dictan clases o talleres lo hacen en el convencimiento de que es posible enseñar a escribir. Sin embargo, la lógica y la narrativa a veces se repelen. Antes que un mundo razonable la literatura es una usina de paradojas. Para muestra, los dichos de dos grandes autores: el británico de origen paquistaní Hanif Kureishi y el argentino Abelardo Castillo.

"Los cursos, sobre todo cuando se llaman de escritura creativa, son los nuevos hospitales psiquiátricos", declaró Kureishi a The Guardian. Aunque virulenta, su afirmación no debería ser la piedra de ningún escándalo: al fin y al cabo, el autor de Mi oído en su corazón no hizo más que considerar locos a los que Faulkner ya había llamado tontos. Pero la diferencia entre ambas apreciaciones se vuelve abismo cuando se considera que Faulkner se abstenía de dar clases, mientras que Kureishi es profesor asociado en un curso de escritura creativa de Kingston University. Para colmo de la provocación, Kureishi agregó: "Una de las primeras cosas que uno advierte es que cuando pone la televisión y se entera de que un estudiante se ha vuelto loco y ha matado gente con una ametralladora en un campus de los Estados Unidos, siempre se trata de un alumno que asiste a esos cursos".

Puesto a opinar sobre sus propios alumnos, aceptó que cuando terminan el curso son "mejores" pero también "más desdichados", porque "tienen la fantasía de que todos los estudiantes llegarán a ser escritores famosos, y nadie puede convencerlos de lo contrario. Yo siempre les pongo la misma nota: 71 sobre 100 –confesó–. Y además, el profesor tiene que escribir un informe sobre cada uno. Yo siempre digo que se comportan bien y asisten a clase correctamente vestidos. ¿Cómo podría ponerles una nota en escritura creativa? ".

En la Argentina, los talleres literarios se convirtieron en un boom en la segunda mitad de la década del 70, cuando al público amante de la buena lectura e interesado en aprender a escribir de la mano de los grandes maestros se sumaron los jóvenes con inquietudes políticas que, a causa de la dictadura, ya no podían discutir sus textos en los bares. Algunos tomaron la práctica de los talleres como una forma de resistencia cultural; otros, como una actividad puramente literaria. Pero para ese entonces, la enseñanza de la narrativa en grupos reducidos ya tenía antecedentes exitosos. Isidoro Blaisten, en Anticonferencias, recuerda:


[...] este asunto de los talleres literarios no es tan nuevo como se cree. Habría que remontarse al año 1965. No sé por qué incierto destino yo di clases en un instituto de Técnica Literaria, en una casona de la valle Viamonte al dos mil seiscientos, Viamonte y Pueyrredón más o menos. [...] Lo dirigía el doctor Rodolfo Carcavallo, que es poeta y entomólogo, y fue el primer intento de taller literario quese hizo en el país. Venían señoras gordas y chicos con talento. Las señoras gordas eran insoportables y debían ser echadas. Los chicos con talento no tenían un peso y había que becarlos. [...] En ese instituto dieron clases Sabato, Borges, Marechal, Ulyses Petit de Murat, Conrado Nalé Roxlo, Bernardo Kordon, Agustín Cuzzani, Dalmiro Sáenz, Abelardo Arias, Abelardo Castillo, Marta Lynch, Humberto Constantini, Haroldo Conti, Carlos Mastronardi y yo.

Además, estaban los talleres que tenían como sede la casa de un escritor, alrededor del cual se agrupaban los alumnos. En 1968, por caso, a raíz de un aviso publicado en LA NACION, Inés Malinow recibió doscientos llamados de personas interesadas en su taller literario y más de la mitad optó por inscribirse. Ella daba clase en su departamento. Un taller de mucho prestigio era el de Félix della Paolera. Entre sus discípulos estaba Hugo Correa Luna. En 1973, surgió Grafein, que proponía una nueva manera de generar y comentar textos, basada en técnicas lúdicas. Se daban consignas y después se trabajaba sobre los resultados. En España, se publicó Grafein. Teoría y práctica de un taller de escritura (Altalena), que incluía reflexiones teóricas, ejercicios y ejemplos. Había, evidentemente, un público para la enseñanza y los cursos proliferaron.

Abelardo Castillo, a pedido de un grupo que quería estudiar con él, abrió su primer taller mientras dirigía la prestigiosa revista El escarabajo de oro. "Miren que los talleres no sirven para nada", así recibe desde entonces a los que quieren estudiar con él. De los talleres de Castillo han surgido autores cuyas obras desmienten la advertencia del maestro: Juan Forn, Inés Fernández Moreno, Paola Kaufmann, Susana Silvestre, y siguen las firmas. "Yo no formé a toda esa gente; ellos ya eran escritores –retruca Castillo–. En la selección entre los aspirantes, sólo me quedo con los que siento que potencialmente son escritores. Y los trato como pares, tanto que suelo someter mis propios textos a la discusión del taller".

–¿Por qué dice que el taller literario no sirve?

–Porque el taller literario es un invento nacional que aparece en los años 70 por una razón política e histórica y no por una razón literaria –responde el autor de El que tiene sed –. Con la dictadura, desaparecen las revistas literarias y son reemplazadas por los talleres. Han venido de España a preguntarme cómo doy mis talleres. Les dije que no hay ningún misterio, que esto es una reunión de escritores que leen sus textos y se critican entre ellos. El taller literario tomado estrictamente como un método de enseñanza es muy dudoso, porque no nació como un fenómeno cultural, educativo o pedagógico sino como un fenómeno histórico. Mi taller lo dan los alumnos, funciona como una gestalt. Yo lo único que hago es enseñarles, tal vez, a leer. Si de mis talleres de cuentos sale un escritor es porque ya era escritor cuando llegó.

–Si los talleres no convierten a nadie en escritor, ¿por qué tienen cada vez más inscriptos?

–No lo sé. Pero hay un crecimiento real y notorio de la literatura argentina que está basado en los talleres. En lo personal, busco que sólo vengan los que son escritores en potencia.

–¿Cómo los identifica?

–Porque siento que para ellos la literatura es esencial, que no es adjetiva, que no es aleatoria. Si no escriben (y no por grafomanía sino por necesidad literaria), no resuelven su problema con el mundo. Necesitan contar algo y tienen algo para contar. Necesitan decir algo y el único instrumento que tienen para hacerlo es la palabra. A mi taller entran los que yo siento que son autores de ficción, sin importar si son buenos o malos, porque eso no lo garantiza nadie. Hay escritores de raza que no son necesariamente grandes escritores. Hay hombres que viven apasionados por la literatura y, sin embargo, no escriben grandes libros; son mejores lectores que escritores. Es imposible saber quién distribuye el talento en este mundo… Esto se ve muy bien en la película Amadeus: Salieri, el amigo de Mozart, daba la vida por la música, la amaba, le suplicaba a Dios que le permitiera ser músico… Pero el talento lo tenía Mozart, que era un irresponsable. En literatura, pasa lo mismo.

Puesto a descubrir talentos literarios, Abelardo Castillo es un experto. Para muestra, su radical intervención en el destino de Liliana Heker. Ella es hoy una de las grandes narradoras argentinas y en sus talleres se formaron autores de la talla de Silvia Schujer, Ricardo Mariño, Pablo Ramos, Samanta Schweblin y Raúl Brasca, entre otros. Pero en 1959, Heker era una muchacha precoz que mientras cursaba el último año de la escuela secundaria, había dado el examen de ingreso a la Facultad de Ciencias Exactas con el propósito de estudiar Física, carrera que abandonó tras aprobar el cuarto año. Interesada por la escritura desde muy chica, el día que cayó en sus manos un ejemplar de la revista literaria El Grillo de Papel en el que se alentaba a los jóvenes a presentar sus obras, envió un poema junto a una carta de presentación. Le respondió uno de los directores, Abelardo Castillo. La contestación le traía una de cal y otra de arena: el poema estaba rechazado; la carta, en cambio, acababa de convertirse en la llave que le abriría las puertas del mundo literario. "El poema no era nada bueno pero la carta era muy buena –recuerda Castillo–. Le dije que viniera a la revista porque para mí, era una escritora en prosa y no una poeta. Liliana tenía entonces 16 años pero a esa edad, un poeta ya escribe como poeta. Y ella no escribía como Alejandra Pizarnik a la misma edad. Y a esa edad, Alejandra no escribía en prosa como Liliana, que como prosista ya era muy buena."

Con la autoridad que le otorga la experiencia de dirigir talleres desde 1978, Heker sostiene que "no se puede enseñar a escribir pero un escritor aprende su oficio. A partir de cierta predisposición cada escritor hace su búsqueda –amplía la autora de Zona de clivaje–. En ella intervienen factores como la propia experiencia y el vínculo natural que se tiene con el lenguaje. Pero ante todo, un escritor es un enamorado de la lectura, y se va formando con lo que lee. El taller no inventa escritores pero puede contribuir a la formación del que esencialmente ya es escritor.

–¿De qué modo concreto ayuda al escritor un taller?

–Le aporta la mirada de alguien que desde su conocimiento de la creación literaria puede decir qué falla en un texto, por qué una buena idea a veces consigue un cuento malo y por qué de una idea mínima puede salir un buen cuento, por qué el comienzo de un relato es demasiado alargado o demasiado informativo, por qué determinado cuento mejora si se lo narra en tercera persona y no en primera. Las miradas de ciertos otros actúan como los catalizadores en química, es decir, como sustancias mínimas que aceleran procesos que tal vez ocurrirían igual pero llevarían más tiempo. En ese sentido, a veces, los talleres funcionan.

–¿Qué buscan quienes se inscriben en sus talleres?

–A mí no me importa lo que busca la gente. Cuando los entrevisto les digo lo que busco yo: la formación de escritores; es lo único que me interesa. No les pido que traigan textos a la entrevista porque no me preocupa si escriben bien o mal. Creo que todos empezamos haciendo mal todo lo que hacemos, y vamos aprendiendo.

–¿Qué requisitos hay que reunir para ser aceptado en sus talleres?

–Sólo dos condiciones. La primera, que sea un lector; quiero a los enamorados de las novelas, de los cuentos, de la poesía. La segunda, que esté convencido de que la literatura es un trabajo, que si es necesario corregir veinte veces un cuento para que sea lo que uno está buscando, vale la pena. La corrección es una parte fundamental del proceso creador: quien no lo entiende así no puede venir a un taller, porque nadie acude a un taller para deslumbrar a los otros con sus textos sino porque cree que algo está fallando en su escritura y de una manera implícita está aceptando que viene a corregir sus textos. Sé que puedo comunicar mi saber a los otros: lo hago naturalmente y me apasiona. Pero sólo les doy mi saber a quienes son capaces de pelear contra el texto hasta conseguir todo lo que ese texto puede dar.

La máquina de corregir

Uno de los grandes escritores argentinos contemporáneos, Luis Chitarroni, quien además cuenta con una larga carrera de editor, dirigió talleres desde 1986 hasta 2000. Buceando en sus declaraciones sobre la pedagogía y la literatura, aparece un concepto clave: "Creo que es posible enseñar a corregir, no a escribir", dijo el autor de El carapálida.

En la polémica acerca de la posibilidad o imposibilidad de enseñar a escribir, las opiniones se abren como un delta. Pero cuando se alude a la corrección de los textos, todas las aguas desembocan en el mismo río, el de la necesidad. "Lo difícil no es escribir sino corregir, porque no hay profundidad alguna sino infinitas superficies", declaró el portugués António Lobo Antunes, eterno candidato al premio Nobel, finalista para el Príncipe de Asturias y ganador del Premio de Literatura en Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en el mes de septiembre último.

"Escribir es humano y corregir es divino", afirma Stephen King en Mientras escribo. El novelista que saltó a la fama con Carrie se sincera con el aspirante a escritor: "Si no tienes ganas de trabajar como una mula, será inútil que intentes escribir bien. Confórmate con tu medianía y da gracias de tenerla por cojín. Existe un muso (tradicionalmente las musas eran mujeres, pero el mío es varón), pero no esperes que baje revoloteando y esparza polvos mágicos creativos sobre tu máquina de escribir u ordenador. Vive en el subsuelo. Es un habitante del sótano. Tendrás que bajar a su nivel y, cuando hayas llegado, amueblarle el piso. Digamos que te toca a ti sudar la gota gorda, mientras el muso se queda sentado, fuma, admira las copas que ha ganado en la bolera y finge ignorarte. ¿Te parece justo? Pues a mí sí".

Ganador del Premio Nacional de Literatura 1999-2000 por El buen dolor, Guillermo Saccomano suma su voz al coro que predica la cultura del esfuerzo: "No creo en la iluminación del que se sentó y le salió –apunta–. No salís escritor, el escritor se hace trabajando; el nuestro es un oficio de paciencia. Talento tenemos todos pero la literatura exige disciplina y constancia. Hay que escribir desde las cinco y media de la mañana hasta las once y luego, corregir y leer", aconseja Saccomano, quien reside en la ciudad de Villa Gesell y viaja regularmente a Buenos Aires para dar sus talleres.

Raymond Carver describió en detalle las maratónicas sesiones de reescritura que les imponía John Gardner a él y a sus compañeros en la Universidad de Chico:

A los escritores de relatos cortos que tenía en clase les exigía que escribieran uno de entre diez y quince páginas de extensión. Y a los que querían escribir novela –creo que habría uno o dos–, un capítulo de unas veinte páginas, junto con un esbozo del resto. Lo malo era que el cuento o el capítulo de la novela podían llegar a revisarse hasta diez veces durante el curso semestral, para que Gardner se quedara satisfecho. Tenía por principio básico que el escritor encontraba lo que quería decir en el continuo proceso de ver lo que había dicho. Y a ver de esta forma, o a ver con mayor claridad, se llegaba por medio de la revisión. Creía en la revisión, la revisión interminable; era algo muy serio para él y que consideraba vital para el escritor en cualquier etapa de su desarrollo como tal. Y nunca perdía la paciencia al releer la narración de un alumno, aunque la hubiera visto en cinco encarnaciones anteriores. […] No sé cómo sería Gardner con sus otros alumnos cuando llegaba el momento de entrevistarse con ellos para comentar lo que habían escrito. Supongo que demostraría un considerable interés con todos. Pero yo tenía y sigo teniendo la impresión de que durante aquel período se tomaba mis relatos con mayor seriedad y ponía al leerlos más atención de la que yo tenía derecho a esperar. Yo no estaba en absoluto preparado para el tipo de crítica que recibía de él. Antes de nuestra entrevista había corregido el relato y tachado oraciones, frases o palabras inaceptables, incluso algo de la puntuación; y me daba a entender que aquellas supresiones no eran negociables. En otros casos encerraba las oraciones, frases o palabras entre paréntesis, y ésos eran los puntos por tratar, esos casos sí eran negociables. Y no vacilaba en añadir algo a lo que yo había escrito, una o varias palabras aquí y allá y quizá hasta una frase que aclaraba lo que yo pretendía decir. Hablábamos de las comas que había en mi historia como si nada en el mundo pudiera importar más en aquel momento; y, en efecto, así era.

La prueba del marciano

"Si no tiene tiempo para leer, no tendrá el tiempo o las herramientas necesarias para escribir", advierte Stephen King. No debe haber escritor en este mundo interesado en discutir esa postura. "Nadie escribe igual después de haber leído a Proust, Tolstoi o Faulkner y de haber desmontado sus textos, de la misma manera que nadie filma igual después de haber mirado una y otra vez las películas de Coppola, Visconti o Pasolini", dice Saccomano, y confiesa que a sus alumnos les recomienda un libro de cabecera: Ser escritor, de Abelardo Castillo.

"Yo enseño a leer, no a escribir –afirma el propio Castillo–. A mis talleres no entra nadie que no tenga muy buenas lecturas o una enorme necesidad de tenerlas. Uno de los problemas de los jóvenes es que no tienen una guía para aprender a leer; no saben qué es lo que deben leer. Lo primero que les pregunto a los que quieren inscribirse en mi taller es qué leyeron cuando pasaban de la infancia a la adolescencia, porque entre todo lo que uno lee a los 10 o 12 años, siempre hay algún libro importante. En esa etapa, siempre leíste a Poe o a Mark Twain, incluso sin saber que es uno de los fundadores de la prosa norteamericana y un gran escritor de lengua inglesa. Después, pregunto qué libros eligieron por sí mismos en la adolescencia. En general, aparecen Borges, Cortázar, Bioy Casares o Sabato. Me fijo mucho si leyeron Tolstoi, Chejov, Flaubert. Los que leyeron a Faulkner, y además les gustó, tienen una enorme tendencia literaria. Al final, les hago la prueba del marciano: viene un marciano a la Tierra, tiene que irse en 15 minutos y te pide que le hagas, de apuro, la lista con los quince o veinte libros que son los fundamentos de la literatura en este planeta. Ahí entran desde la Biblia hasta la Divina Comedia, la Odisea o Crítica de la razón pura. Cuando me dan la lista, les pregunto cuáles leyeron y cuáles no. ¿Por qué no los leíste si sabías que eran fundamentales? Si la respuesta que me dan es acertada, entran a mi taller; si no, no. Una respuesta acertada es 'Porque recién tengo 20 años' o 'Porque tengo 35 años pero trabajé todo el tiempo en el mercado de Abasto para mantener a mi familia'. El que contesta 'Porque empecé leyendo literatura contemporánea y entonces ese lenguaje…' suele estar equivocado: no hay como leer a Homero para entender que es más contemporáneo que el 70 por ciento de los escritores argentinos actuales."

Además de la necesidad de corregir los textos con la obsesión de un tábano, John Gardner les inculcó a sus discípulos la pasión por la lectura, según relata Carver en el prólogo a Para ser novelista :

En clase [Gardner] siempre hacía referencia a escritores cuyos nombres yo no conocía. O si los conocía, no había leído obras suyas. Conrad, Céline, Katherine Anne Porter, Isaac Babel, Walter van Tilburg Clark, Chejov, Hortense Calisher, Curt Harnack, Robert Penn Warren… (Leímos una historia de Warren llamada "Blackberry Winter" que por la razón que fuera a mí no me gustó, y se lo dije a Gardner. "Pues vuélvela a leer", me dijo, y hablaba en serio). William Gass era otro de los que nombraba. [...] Hablaba de Henry James, Flaubert e Isaac Dinesen como si vivieran un poco más abajo siguiendo la carretera, en Yuba City. "Estoy aquí tanto para enseñaros a escribir como para deciros qué leer", decía. Yo salía de clase aturdido y me iba directamente a la biblioteca a buscar libros de los escritores de que hablaba. Los autores que estaban en boga en aquella época eran Hemingway y Faulkner. Pero en total yo había leído como máximo dos o tres libros suyos. De todos modos, eran tan conocidos y se hablaba tanto de ellos que no podían ser tan buenos, ¿no? Recuerdo que Gardner me dijo: "Lee todo el Faulkner que encuentres y luego lee todo lo de Hemingway para limpiar de Faulkner tu manera de escribir".

Cuando se escucha que el consejo compartido es leer a los más grandes de la Historia de la literatura, la cuestión se complica, porque sus obras generan tal admiración que uno queda perplejo. ¿Será posible aprender en estado de absoluto asombro? ¿No será, acaso, más prudente comenzar a aprender leyendo a los correctos, luego a las buenos, más tarde a los muy buenos y reservar la lectura de los geniales antes para el puro goce que para la pedagogía?

"Los escritores que pueden enseñar las pequeñas técnicas o trampas literarias son escritores menores, no los grandes escritores –responde Castillo–. Nadie puede imitar la técnica de Tolstoi, porque él no la tenía; era sencillamente un hombre genial. ¿Cómo se hace para escribir como Dostoievski? Recuerdo que mi encuentro con la literatura fue El lobo estepario, de Hermann Hesse, y que yo quería escribir un libro como ése. Más aún, quería escribir de nuevo El lobo estepario. Eso ocurre cuando uno empieza a escribir. Después, uno comprende que nadie salvo Tolstoi podrá llegar al nivel de Guerra y paz, pero también descubre que uno puede decir sus cosas."

Liliana Heker descarta que el estado de asombro sea un impedimento para el aprendizaje: "Nunca hay que perder esa alegría de leer, ese sentido de la aventura que implica el hecho de leer para deslumbrarse, la sensación de estar sumergido en un libro y no querer salir de él. Ése es el acto primordial de la lectura y lo mejor es no perder ese estado de inocencia. Pero uno también puede aprender a descubrir de qué está hecho eso que a uno lo ha deslumbrado".

–¿Podría dar un ejemplo concreto?

–Sí, la construcción de los diálogos. En general, los principiantes dialogan mal en literatura. Creen que el diálogo es algo prolijo, en el que alguien expone y el otro contesta. Pero la gente no dialoga así, la gente dice lo que no quiere decir, reitera frases, tiene asociaciones libres, a veces niega con los gestos lo que dice con las palabras. En literatura, los personajes dialogan y la historia ocurre debajo del diálogo.

–¿Qué autor recomienda leer para aprender a escribir diálogos?

–Salinger. Lo deslumbrante de sus textos es que debajo de los diálogos que no son explícitos, uno descubre la complejidad de los personajes. "Un día perfecto para el pez banana" es un excelente ejemplo. Si te explican por qué ese texto es deslumbrante, no sólo vas a seguir deslumbrándote y leyéndolo cien veces sin saber jamás qué le pasa a Seymour Glass sino que también vas a aprender cómo un gesto mínimo puede revelar más sobre un personaje que una larga descripción. "Corte de pelo", de Ring Lardner, deslumbra pero también es útil para aprender a trabajar el tiempo y el lenguaje coloquial en un cuento. Ring Lardner presenta a un peluquero que le cuenta al extraño que llegó al pueblo lo divertido que es todo allí. Lo dice con un lenguaje de peluquero que no tiene ninguna pretensión literaria, pero debajo de su discurso acerca de lo divertido que es el pueblo, uno descubre una historia atroz. Este tipo de observaciones se pueden comunicar en un taller.

Escribir para ganar concursos

El mercado editorial tiene leyes no escritas. Entre otras, la que dice que el talento literario no garantiza la publicación. A los escritores inéditos los concursos se les antojan un camino difícil, pero camino al fin, para llegar a publicar y conseguir cierta notoriedad. ¿A cuántos de los que asisten a los talleres los moverá el puro deseo de escribir buenas historias y a cuántos otros la ambición de ganar un concurso?

–Cuando doy un taller, los editores y los concursos no me interesan porque a mi criterio, eso no es escribir –responde Castillo–. Lo que alguien puede aprender (ya no en un taller sino en los libros que lee y en la vida) es a contar aquello que quiere contar. A traducir en una forma poética, sea una novela, un cuento, un drama o un poema, lo que tiene para decir del mundo o lo que ve del mundo. Eso se puede aprender al lado de un escritor o en los libros que uno lee; y sobre todo, de los propios errores.

–¿Qué opinión le merecen los concursos?

–No me interesan en absoluto. Yo entré a la literatura ganando un concurso con El otro Judas, pero yo no escribía para ganar concursos. Yo escribí mi obra de teatro solo, en mi casa y por la necesidad de escribirla. No creo que el destino de un escritor sea ganar un concurso y ni siquiera editar. Hay grandes escritores para quienes la edición de sus obras es secundaria. Por ejemplo, Emily Dickinson –sin duda, la poeta lírica más grande de Norteamérica, una de las más grandes de su lengua y tal vez una de las más grandes del mundo– creía que editar era algo que no pertenecía a la literatura. Y está el caso de Kafka: si no hubiera sido por Max Brod apenas conoceríamos de él un librito de cien páginas con sus pequeños poemas en prosa, que son obras menores comparadas con El castillo, El proceso o La metamorfosis. Su obra la conocemos porque Max Brod la conservó. Y hay un ejemplo aún más poderoso: Virgilio. Virgilio quería quemar La Eneida porque la consideraba imperfecta. En el ánimo de un escritor de verdad no siempre está la necesidad de publicar o de ser conocido. La necesidad que experimenta un escritor es la de escribir eso que quiere escribir, de darle forma a aquello que conforma su mundo imaginario. Y si lo escrito no está de acuerdo con su mundo imaginario, algunos escritores prefieren renunciar a su obra a que ésta se conozca imperfecta; ése era el sentimiento de Virgilio.

–¿Existen todavía escritores capaces de tamaña renuncia?

–Tal vez estés en presencia de uno de ellos: yo prefiero quemar una obra a mandarla a imprimir imperfecta. He tardado treinta años en escribir una novela. A los que vienen a mi taller trato de explicarles lo que es la literatura en su sentido esencial. Y no acepto a alguien que me plantea que quiere publicar o ganar un concurso. Tu pregunta no es ingenua, porque cada vez que alguien vinculado a mis talleres gana un concurso, como fue el caso de Paola Kaufmann, empiezan a llamar personas que dicen estar interesadas en venir a mi taller pero lo que en verdad quieren es ver si les pasa lo mismo que a esa escritora que ganó ese concurso. Esa gente no me interesa.

Paola Kaufmann, fallecida en 2006, a la edad de 37 años, era bióloga y se empezó a dedicar con ahínco a la literatura a partir de su ingreso en un taller de Abelardo Castillo, en 1995. En 2002, obtuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes por su libro de cuentos El campo de golf del diablo . Un año más tarde, ganó el de Casa de las Américas, por la novela La hermana. Y en 2005, El lago le valió el Premio Planeta de Novela.

Guillermo Saccomano es blanco de una humorada que circula en el ambiente literario: "Si querés ganar el Premio Clarín, anotate en el taller de Saccomano". El chiste viene a cuento de lo ocurrido con dos de sus alumnas: Ángela Pradelli ganó dicho certamen con El lugar del padre, en 2004, y Claudia Piñeiro, en 2005, con Las viudas de los jueves. Saccomano se ríe cuando se le pregunta qué hay de cierto en la broma y señala que antes de obtener el Premio Clarín, ambas habían demostrado su talento literario y que incluso, se habían destacado en otros concursos. De hecho, Piñeiro había sido finalista de "La sonrisa vertical" de Tusquets, en 1991, y del Premio Planeta, en 2003. En cuanto a Pradelli, antes de obtener el galardón de Clarín había publicado dos novelas: Las cosas ocultas y Amigas mías, que recibió el premio Emecé 2002. Alicia Steimberg escribió con intención literaria desde los 18 años pero recién se atrevió a publicar su primer libro, Músicos y relojeros, a los 38, después de que la obra resultó finalista de los concursos Barral, Barcelona y Monte Ávila, Caracas. ¿Cómo aprendió a escribir durante esos veinte años? "Escribiendo y leyendo, como se ha aprendido desde los comienzos de la narrativa", responde la autora de Aprender a escribir, quien lleva dos décadas dirigiendo talleres, convencida de que "no se puede enseñar a escribir pero sí a que la escritura mejore". Ganadora del Premio Planeta Biblioteca del Sur con Cuando digo Magdalena, finalista en el concurso Barral, Barcelona con La loca 101 y finalista única en "La sonrisa vertical" con Amatista, alienta a sus alumnos a presentarse a los certámenes. "Y les aconsejo no pagar jamás por la publicación de un libro –agrega– porque eso es como comprarse una casita de juguete y decir: 'Ésta es mi casa propia'''.

¿Es la literatura un don divino?

A fuerza de escuchar escritores que cuestionan la posibilidad de enseñar a escribir, el sentido común no resiste a la tentación de las preguntas elementales: si se puede enseñar música, escultura, pintura o ballet, ¿por qué no se puede enseñar a escribir?; ¿quién y por qué decidió que aquellas artes admiten una transmisión pedagógica mientras que la literatura es una suerte de don divino que se les concede a unos y se les niega a otros según las veleidades del destino o la genética? Abelardo Castillo ofrece una explicación.

–La diferencia reside en la importancia que tiene la técnica en cada uno de esos casos. Para bailar, necesitás un profundo conocimiento de la técnica y de tu cuerpo. Eso se aprende de un maestro que quizás ya no baila y que tal vez nunca bailó bien, pero que es capaz de enseñarte a poner el cuerpo, a respirar, a moverte. En la pintura, la técnica también es fundamental: tenés que saber mezclar los colores, conocer qué es la perspectiva, manejar nociones de volumen. Alguien te tiene que explicar todo eso. De allí que los talleres o academias de pintura tengan un sentido mucho más preciso y visible que el taller literario, porque en literatura, la técnica pasa a segundo término. No es con técnica como se escribe Guerra y paz. Hay escritores que ni siquiera sabían lo que era la literatura y, sin embargo, han escrito grandes libros.

–Pero es difícil aceptar que la capacidad de imaginar buenas historias y escribirlas bien sea genética. ¿Cómo hicieron aquellos escritores?

–No sé cómo, pero lo hicieron. Benjamin Constant es un buen ejemplo. Era político, no tenía una relación directa con la literatura aunque sí con la cultura. En cierta ocasión, alguien dijo en su presencia que era muy difícil escribir una novela con solamente dos personajes porque resultaría intolerable. "Yo puedo hacerla", lo desafió Constant. Y escribió Adolfo, una obra fundamental de la literatura francesa. Borges era un escritor natural desde los 6 o 7 años. ¿Como aprendió a escribir cuentos? Leyendo los cuentos de los otros. ¿Y por qué no escribió novelas? Porque no pudo; si no, las habría escrito. Tan poca importancia tiene la técnica en la literatura que la técnica de la novela, si es una gran novela, corresponde al novelista que la escribe. No hay una novela arquetípica. Si el Quijote es una novela, el Ulyses, de Joyce, no es una novela. Si Cuarteto de Alejandría , de Lawrence Durrell, es una novela, entonces, las de En busca del tiempo perdido, de Proust, no son novelas. Por lo tanto, ¿qué es una novela? Una novela es un género que inventa cada gran novelista cuando escribe una novela, basándose en su propia intención, en sus propias posibilidades y en su propia técnica ¿Quién le enseñó la técnica de la novela a Joyce? Nadie.

La historia de la literatura le da la razón a Castillo: hay talentos que no precisan de los talleres ni las universidades. A Faulkner, le bastó el antojo de llevar una vida relajada para convertirse en escritor. Sucedió en Nueva Orleáns, mientras ganaba el pan haciendo changas: pintaba casas, timoneaba embarcaciones o piloteaba aviones. Por las tardes, veía a Sherwood Anderson paseándose tranquilamente por las calles. A la noche, se sentaba a beber con él y a escucharlo. Pero la vida matinal de Sherwood era un enigma para Faulkner: por mucho que lo buscara, no conseguía encontrarlo jamás. ¿Dónde estaba Sherwood? Encerrado, trabajando. "Decidí que si ésa era la vida de un escritor, lo mío era convertirme en escritor", contó Faulkner. Dicho y hecho: se encerró y en tres semanas, terminó su primer libro, La paga del soldado. Pensó que su vecino podría echarle una mano para que alguien se interesara en publicarlo. Anderson le propuso un trato irrechazable: "Si no estoy obligado a leer tu manuscrito, le diré a mi editor que lo acepte".

Paul Bowles fue un niño solitario al que en vez de juguetes, le regalaban "cosas constructivas", según dijo. Entre otras, unos bloques de madera que llevan grabadas las letras del abecedario. Con ellos aprendió a leer, a los tres años. Y fue así, con cierto ánimo lúdico y en estado de gracia, como se forjó un destino de escritor. "A los dieciséis, ya escribía poesía surrealista. Leía André Breton, que explicaba cómo hacerlo, y así aprendía a escribir sin ser consciente de lo que estaba haciendo", le dijo a Jeffrey Bailey en la entrevista publicada en Paris Review. "Aprendí cómo lograr que lo que escribía fuera gramaticalmente correcto y que tuviera incluso cierto estilo sin la menor idea de lo que estaba escribiendo –confesó–. Una parte de mi mente escribía y Dios sabe lo que estaba haciendo la otra parte. Supongo que estaba excavando en el subconsciente, dragando limo. No sé cómo funcionan esas cosas, y no quiero saberlo".

En un territorio teñido de subjetividades, la pregunta del millón es quién y con qué criterio decide que alguien es escritor. "Él mismo –responde, sin dudarlo, Abelardo Castillo–. En algún momento de su vida, siente que es escritor. Yo sentí que era escritor la primera vez que me compré una libretita y anoté palabras." Lo dice y enseguida, vuelve sobre sus pasos: "La verdad es que la primera vez que me sentí escritor fue en una Feria del Libro, cuando ya tenía más de cincuenta años y ya había escrito mis obras más conocidas, incluso El que tiene sed, que para algunos es mi mejor novela".

–¿Qué sucedió en aquella Feria del Libro que lo hizo sentirse escritor?

–Lo recuerdo muy bien. En el stand de Galerna, veo a un chico que está robando un libro. Yo me pongo a hablar con Levín [N de la R: Hugo Levín, dueño del grupo Galerna] para distraerlo a fin de que el chico robe tranquilo. Lo que robó fue un libro mío. Entonces, me sentí escritor. Te sentís escritor vos mismo, por una decisión tuya en cualquier momento. De pronto has tenido un gran amor, se te ha ido o te has ido, estás deshecho del dolor y de repente, pensás: "¡Qué historia es ésta! Me parece que está para escribirla". En ese momento, decís: soy escritor. No soy un enamorado, porque el enamorado se mata o sale corriendo a buscar a la persona amada. El tipo que al perder un gran amor piensa "Qué tema para un cuento o para una novela", ése es un escritor.

09 December 2008

"SEXOGRAFÍAS" DE GABRIELA WIENER


UN LIBRO BIZARRO

Después de algunos días ajetreados, propio de la temporada de fin de año, regreso al blog con una buena noticia. Pocas son las veces en Lima en las que uno encuentra un libro de la temática que siempre me ha atraído (y escasas en las que el texto está bien escrito, con una prosa atractiva y perturbadora). Estoy hablando del libro de Gabriela Wiener, Sexografías, editado por Planeta, texto que reúne una serie de crónicas que abordan algunos viajes bizarros a los submundos de la sordidez y la marginalidad, y que este domingo 14 de diciembre se estará preentando en la Feria del Libro Ricardo Palma de Miraflores, con comentarios a cargo de Morella Petrozzi y Beto Ortiz.

Sobre el libro, se puede leer lo siguiente:

Un viaje kamikaze lleva a la cronista Gabriela Wiener a infiltrarse en cárceles limeñas, exponerse a intercambios sexuales en clubs de swingers, transitar los oscuros senderos del Bois de Boulogne parisino para convivir con travestis y putas, someterse a un complicado proceso de donación de óvulos, participar en un ritual de ingestión de ayahuasca en la selva amazónica o a colarse en las alcobas de superestrellas del porno como Nacho Vidal. Todo con una única finalidad: conseguir la exclusiva más ególatra, el titular más sabroso y la noticia más delirante. Afortunadamente, esta joven heroína del gonzo más extremo sale indemne y puede contarlo, y lo hace con una mordacidad y una clarividencia digna de los mejores maestros de los años dorados del Nuevo Periodismo. Un recorrido temerario y trepidante por el lado más salvaje del periodismo narrativo.

02 December 2008

PRESENTACIÓN DE LIBRO


PRESENTACIÓN DE LA LÍNEA EN MEDIO DEL CIELO DE FRANCISCO ÁNGELES

Lugar: Anfiteatro Chabuca Granda de la Feria del Libro Ricardo Palma (parque Kennedy, Miraflores)
Día:
Jueves 4 de diciembre
Hora: 08.00 p.m.
Participan: Fernando Ampuero y Jeremías Gamboa

Revuelta Editores tiene el gusto de invitarlos a la presentación de la novela La línea en medio del cielo, primer libro de Francisco Ángeles, que se llevará a cabo este jueves 4 de diciembre en el marco de la Feria del Libro Ricardo Palma.

Presentarán el libro dos destacados escritores y periodistas: Fernando Ampuero, autor de larga trayectoria con más de una decena de libros de narrativa, entre los que cabe resaltar la novela corta Caramelo verde y los cuentos de Malos modales; y Jeremías Gamboa, quien en 2007 debutó con el prometedor libro de cuentos Punto de fuga, uno de los mejores libros del año pasado.

CAMPAÑA REGALA UN LIBRO ESTA NAVIDAD

30 November 2008

"AVE SOUL" EN REEDICIÓN DE LUJO


UN RESCATE IMPRESCINDIBLE

Uno de las voces fundamentales del Movimiento Hora Zero es la del poeta Jorge Pimentel, autor de los poemarios Valium y Kenacort 10 y Ave soul. Este último libro ha sido reeditado en una edición valiosa que rescata un texto que no circulaba en nuestro medio peruano. Con motivo de la aparición del poemario, Enrique Planas lo entrevista para la sección Luces de El Comercio:


En el prólogo de la reedición de "Ave Soul", el escritor Roberto Bolaño comenta su sorpresa por cómo ese poemario no ha envejecido un ápice. Es curioso, porque en el libro encontramos las palabras que abundan en textos que sí han envejecido, poemas propios de la efervescencia de los poetas de izquierda en los setenta...
Nosotros no hemos militado en partidos de izquierda. Nuestra militancia ha sido horazeriana. Pero sí hubo otros poetas que militaron. Yo creo que eso fue un error. El poeta milita en la poesía, no puedes hacerle caso a un líder político a la hora de escribir. Además, creo que gracias a los políticos el país ha permanecido igual. Desde Odría hasta hoy, todos los líderes han fracasado para dirigir este país. Los únicos que no han fracasado son los poetas, los escritores, los artistas. Ellos sí han hecho avanzar al país. Las dramáticas historias de este país tampoco han cambiado, siguen allí.

Generalmente el poeta habla de sí mismo en su obra. Sin embargo, en poemas como "Lamento del sargento de aguas verdes", también supo darle la palabra a otros personajes...
Una de las cosas que nos propusimos en Hora Zero fue hablar desde el otro, más que desde uno mismo. Nuestra principal preocupación fue poner los ojos en la calle, pues esta tiene mil historias. Por eso Tulio Mora tiene aquel libro genial "Cementerio General", en que están todos, desde Atahualpa hasta 'Mosca Loca', hablando desde sus tumbas. Hora Zero nunca ha sido egoísta, siempre hemos sido abiertos, al escuchar, al mirar, al hablar. Escribí "Lamento del Sargento de Aguas Verdes" una noche que estaba en el bar Palermo, lugar donde se reunía todo el mundo: antropólogos, cineastas, poetas, novelistas... Recuerdo una noche en que cayó un hombre al bar y me dice: "Yo soy el sargento de Aguas Verdes, ¿me puede invitar un café?" Entonces me comenzó a contar toda su historia. Después de irse, empecé a escribir todo lo que me contó, intentando recordar el ritmo de sus palabras. Son historias que uno asume. Si te metes en el otro, pueden salir muchas sorpresas.

Treinta y cinco años después, ¿se sigue reconociendo en las páginas de "Ave Soul"?


¡Lo último que hubiera querido es publicar este libro! (ríe). Al publicarlos por primera vez, los libros viajan. Y este libro ha regresado lleno de amigos, de cariño. Francamente, yo no tengo mucho cariño por mis libros publicados. Siempre pienso en el que viene. Lo más interesante para mí es descubrir el libro por hacer, en cómo lo voy a desarrollar. Me fascina el misterio de tender la mesa para escribir en un acto solitario. Editarlo es un problema, una carga para el autor, una actividad sin nada de poesía. Sin embargo, Arturo Higa y los chicos de "Doble Príncipe" han descubierto una nueva forma de hacer libros, que a mí me parece más cercana a la arqueología. Es interesantísimo. Solo por eso me interesó hacer una segunda edición de este libro.

Los dejo con uno de los poemas más celebrados de Ave Soul:

BALADA PARA UN CABALLO


Por estas calles camino yo y todos los que humanamente caminan


por esencia me siento un completo animal, un caballo salvaje


que trota por la ciudad alocadamente sudoroso que va pensando


muy triste en ti muy dulce en ti, mis cascos dan contra


el cemento de las calles. Troto y todo el mundo trata


de cercarme, me lanzan piedras y me lanzan sogas


por el cuello, sogas por las patas, me tienden toda clase


de trampas, en un laberinto endemoniado donde los hombres


arman expediciones para darme caza armados de perros policías


y con linternas, y cuando esto sucede mis venas se hinchan


y parto a la carrera a una velocidad jamás igualada


por los hombres, vuelo en el viento y vuelo en el polvo.


Visiones maravillosas aparecen ante mis ojos. Y vuelo


y vuelo. Mis extremidades delanteras ejercen presión


sobre las traseras y paralelamente y aun mismo ritmo


antes de asentase en el polvo retumban en la tierra.


Relincho. Y mi cuerpo va tomando una hermosísima elasticidad


me crecen pelos en el pecho y es un pasto rumoroso


el que se ondea y es una música y es un torbellino


de presiones que avanzan y retroceden en mi vuelo. Atrás


van quedando millares de kilómetros y sigo libre. Libre


en estos bosques dormidos que despierto con el sonido


de mis cascos. Piso la mala hierba y riego mis orines


calientes, hirviendo en una como especie de arenilla.


Descanso a mis anchas, bebo el agua de los ríos, muerdo hierba


tallos, rumio. Mis mandíbulas se ejercitan. Muevo mi larga cola


espantando a los mosquitos. Los guardacaballos vigilan


desde la copa de los árboles. Caen las hojas secas.


Los días se suceden y suelo dar suaves galopes hacia la vida.


En invierno los senderos se hacen tortuosos; el fango todo lo invade.


Para el frío utilizo cabañas abandonadas, cuevas en los cerros


que me resguarden de las tormentas. Yo observo la lluvia


desde mi cueva. Cae la lluvia y todo lo moja. Con este tiempo


suelo galopar poco cuidándome de un desgarramiento.


Muchas veces me siento solo y llego hasta los helechos

de los ríos para pensar muy dulce en ti muy triste en ti

y voy galopando bordeando el río añorando alguna yegua

que llegó a correr en pareja conmigo. A veces los niños

que vagan sueltos por las campiñas mientras sus padres

realizan tareas de recolección o labranza me montan a pelo

y solemos recorrer ciertas distancias, ganando los años,

aumentándolos. De ellos sí recibo algún trozo de azúcar.

En el verano el sol se pone rojo y se hace presente con su alegría

y los habitantes de los bosques y campos suelen saludarme

con el sombrero y con la mano. Yo les contesto con un relincho

parándome en dos patas. Y con la luz solar que todo lo invade

suelo dar galopes hacia la vida. Allí

donde mi presencia es esperada me hago realidad.

Allí donde ni un sueño se revela me hago realidad

me hago realidad en esos ojos que están cansados

de ver las mismas cosas. Y es en verano cuando la vida

se enciende y mis cascos recogen la hermosura de la

asciendo a las cumbres donde diviso extensiones

de mar de cielo de tierra.

Mi figura domina la naturaleza.

Cruza por el cielo un escuadrón de tórtolas.

Cae la noche.

Mi sombra se recobra.

Las ramas crujen.

Y por un instante pensé muy triste en ti muy dulce en ti.

Cae la noche en estos bosques, pareciera que la tierra

se difunde con la noche se propaga se manifiesta.

Y toda la noche he ido creciendo. Y crecía y crecía

aún más aún más ¿hasta dónde crecerás?

¿No tienes miedo? No, contesté. Soy libre.

El día, el nuevo día como algo fresco se anuncia solo.

Por esta época del año suelen cruzar manadas

de caballos ahuyentados y en busca de nuevos campos.

Recuerdo que logré darles alcance y me contaron

que lograron salvarse de una cacería emprendida

contra ellos para mandarlos a vivir a un potrero

y que luego de ser sometidos al cubo de agua

y a la alfalfa son obligados en los hipódromos

a correr distancias de 1,000, 2,500, 5,000 mts.

y no eres libre de correr sino que te dopan te colocan

descargas eléctricas, te manosean, te latigan

con una fusta despellejándote. Y así durante

un buen tiempo mientras ves acumuladas alforjas

de oro y plata. Hasta que llegue el momento de ser

sometido a la reproducción arrinconándote a una yegua

a la vista y paciencia de todos, sin intimidad

en una mañana de tinieblas y poca luz y luego

te separarán de tu yegua y potranco y pasarás

tus años inmisericorde como padrillo viejo y cuando

manques te dispararán un balazo en la sien. Ya

había galopado un buen trecho con la manada

que huía despavorida y me dijeron que probablemente

para el invierno pasarían por aquí para ir más

al norte. Y se alejaron a la carrera. Yo sabía

lo que le sucede a un caballo en la ciudad. Y

por ello me mantengo alejado de ella. Pero a veces

me interno y sucede lo que tiene que suceder. Pero si yo

me rebelo y persisto y amo terriblemente mis posibilidades

de realizarme en un medio donde la civilización se mata

y permanecen odios, prefijo ser caballo. Mojaré

la tierra con mis orines calientes hirviendo con estas ganas

inmensas de vivir y me uniré a las manadas para galopar

hacia la vida, para mantenernos unidos y vencer,

para no estar solos, para volvernos verdes-azules-amarillos

anaranjados-rojos y trotar hacia el nuevo aire fresco

y el campo sin límites.

Seré libre así y al menos mis guardacaballos cuidarán de mí

y de mi yegua y de mi potranco.

(De Ave soul)

29 November 2008

FERIA DE LIBRO RICARDO PALMA EN MIRAFLORES


DIA DE INAUGURACIÓN

El día de hoy sábado se inaugura la Feria de Libro de Miraflores con el anuncio de importantes visitas de escritores a nuestro país, entre ellos César Aira y Carlos Chernov, y entre los peruanos, los infaltables Alonso Cueto y Edgardo Rivera Martínez. Un motivo para acercarse a la feria y adquirir algún libro para regalarse o regalarlo en estas fiestas navideñas que ya regresan para quedarse durante todo este mes de diciembre. Los dejo con la programación de hoy y mañana:

Sábado 29 de noviembre


4:30 p.m.: Espectáculo musical “Sikuris y pututos” con el conjunto de Zampoñas Dos de Mayo, anunciando la inauguración de la 29ª Feria del Libro Ricardo Palma.Parque Kennedy.

5 p.m.: Ceremonia de inauguraciónParticipan: Manuel Massías Oyanguren, José Luis Chang, Gladys Díaz Carrera.Anfiteatro Chabuca Granda

5.45 p.m.: Inauguración Exposición “Los libros dialogan con las bibliotecas” de Miguel Rep Participan: Miguel Rep, Mariano Zarazaga y Gladys Díaz CarreraLugar: Boulevard de la Historieta

6 p.m.: Inauguración de la exposición en Homenaje a Julio Fairlie Silva: Seis décadas de Sampietri”Lugar: Boulevard de la Historieta

6:15 p.m.: Develamiento del “Libro más grande del mundo”Lugar: Boulevard del Entretenimiento

De 7 a 8:15 p.m.: Presentación de libro “Cómo me hice monja” de César Aira

De 8:30 a 9:30 p.m.: Presentación de libro “Mujeres Asesinas” de Rosa María Cifuentes


Domingo 30 de noviembre

4 p.m.: Espectáculo de claun, mimo y arquelín “Explosión de colores” y otras artes.Parque Kennedy

De 4 a 5:15 p.m.: Espectáculo de Teatro de papel con Pepe Cabana Kojachi"Mukashi Mukashi, en la ruta del kamishibai”En el Anfiteatro Chabuca Granda
Presentación musicalizada de libro “Lala y la ciudad de las pirámides” de Juan Luis Dammert Narradora: Jennyffer ArévaloEn el Auditorio Infantil

De 5:30 a 6:45 p.m.: Conversación con Miguel Rep: “El uso de las historietas para fomentar la lectura”Participan: Miguel Rep y Juan Acevedo.En el Anfiteatro Chabuca Granda
Espectáculo infantilEn el Auditorio Infantil

De 7 a 8:15 p.m.: Presentación de libro ganador del premio de novela BCR 2008“Entre el cielo y el suelo” de Lorenzo Helguero Participan: Renato Cisneros y Marcel Velásquez.En el Anfiteatro Chabuca Granda

De 8:30 a 9:30 p.m.: Charla y exhibición audiovisual con Miguel Molinari“Homenaje a Yma Sumac”En el Anfiteatro Chabuca Granda

27 November 2008

LOS QUEHACERES DE UN ZÁNGANO (ADELANTO DE NOVELA)


En los próximos días, aparecerá la novela Los quehaceres de un zángano (Bizarro Ediciones, 2008), del narrador Fernando Morote. Mientras tanto, para que tengan una idea de la temática de la misma, los dejo con el primer capítulo, como un adelanto del libro.

CAPÍTULO 1

El placer humano no es el de la carne


A dos cuadras de mi casa vivía Rosa. Rosita. Tenía marido, dos hijos, y las carnes ya un poco descolgadas. Pero todavía estaba buena. Cada vez que nos cruzábamos por la calle, ella me desvestía con una mirada y con otra me invitaba a su cama. Yo también tenía ganas de tirarla; para qué mentir. Sin embargo, nunca nos dijimos nada. Una mañana pasé por su casa y vi abierta la puerta de la cocina. Por el intersticio la vi también a ella en cuatro patas tratando de componer algo en la tubería del lavatorio. Le vi el culo, muy buen culo, y seguí de largo. Antes de doblar la esquina escuché su voz:

—¿Puedes ayudarme? —me preguntó, casi cantando. Era una voz empalagosa, falsa, cojuda.
Me volví hacia ella y la vi parada en la entrada de su casa, mostrándome sus manos sucias con un gesto de torpeza en la cara. La quedé mirando. No había duda; estaba buena. Una mujer hermosa, o que lo ha sido, cuando está sucia lo es aún más.
—Se me ha malogrado el caño —explicó.
“¿Y?”, pensé.
—No sé nada de gasfitería —respondí.
—No importa —insistió ella— Haz lo que puedas. Ayúdame, por favor.

“Lo que puedas” para mí, en estos casos, quiere decir: “nada”. Abrí, pues, los brazos y moví la cabeza. Acepté. Entramos a la cocina. Los platos sucios del desayuno estaban arrumados en el lavatorio, y el olor a desayuno junto con los platos. Rosita se agachó para mostrarme el desperfecto de la tubería. Disimuladamente escudriñé a través de la abertura de su blusa tratando de vislumbrar sus senos. Divagué un instante nadando mentalmente en medio de ellos. Rosita tenía unas tetas enormes, hipertróficas; una fiesta infantil. Pero no vi nada. No pude. Aprecié entonces, una vez más, su culo. Magnífico culo. Los culos de las mujeres no se miran; se aprecian. Cualquiera mira. Me provocó besarla en el arete. ¡Cuántas veces me había provocado hacerlo, al verlo zangolotearse así, caprichoso el arete, detrás de ella!

—Mira —me dijo— Aquí está el hueco.
—Sí, ya lo vi —respondí, pero refiriéndome a su hermoso almacén.

Rosita estaba agarrando el tubo de la cañería como seguramente le agarraba el pájaro a su marido. Lo sobaba. ¡Qué manos! Las uñas perfectas, pintadas a rayitas. Y sus brazos gruesos, deliciosos. Me turbó, sobre todo, la enigmática marca de su vacuna; creo que fue eso lo que más extravió mi mente. Le pregunté por su esposo.

—No está —me contestó— Ha salido.
—¿Y tus hijos?
—Han salido con mi esposo.
—Entonces habrá que llamar a un gasfitero.
—¿No podrías tapar el hueco con algo para evitar que siga goteando?

Mi mente se puso en blanco. Me agaché y revisé la avería; mentira: fingí revisarla, porque de gasfitería, como de muchas otras cuestiones domésticas, no entiendo ni el nombre. El óxido había formado un hueco en el tubo del lavatorio y por ahí se filtraba el agua. Con un buen nudo se solucionaba el problema. El problema era hacer el nudo.

—Préstame una pita —le dije.

Rosita me alcanzó una soguilla. Y comenzó la lucha. Por gusto insistí, me trompeé y le requinté mentalmente la madre. La soguilla indolente lo aceptó todo. Me sentí más inútil que en otras ocasiones. Frente a un extraño -y Rosita no dejaba de serlo-, mi ineptitud me causa siempre más embarazo. Es un horror.

Entonces sentí una mano en el hombro. Las uñas perfectas, pintadas a rayitas. Era una mano blanca, deliciosa. Con un pájaro asido. Mi pájaro. Rosita. Era Rosita calata. Pero con zapatos. Unos zapatos negros, altos, elegantes, de mujer rica. Rosita no era rica. Levanté la vista.

—Procede —susurró ella, sobándome el hombro.

Y procedí. Le recorrí todo el cuerpo. Primero con los ojos. Después con la lengua, con la nariz. ¡Ah, qué inolvidable recorrido! Las axilas sin afeitar, los vellos en las piernas, deliciosos. El olor de sus axilas sudadas y de sus piernas húmedas. Las tetas hipertróficas. Tan excitado estaba que ya no le besaba las tetas, se las mordía, “au” decía ella, pero le gustaba y pedía más, más. Toma Rosita, agarra.

Escupí su orgasmo antes de proseguir. Luego le pedí que se echara para la segunda vuelta. El calor de los cuerpos era suficiente para calentar el suelo. Me desvestí en un segundo. La ropa mojada, sobre todo el pantalón, el calzoncillo. Antes de echarse, Rosita se quitó los zapatos. Y arruinó la magia; se desmondongó toda, su encanto quedó al instante sin efecto. Se echó completamente calata en el suelo frío. De su cuerpo apetecible sólo quedó una masa acezante tirada en el piso. Rosita no era más una mujer. Era sólo sesenta kilos de buena carne, de carne blanca. Y yo tenía hambre. Siempre le tuve hambre. Así es que me serví. Penetré hasta el fondo de su alma. Casi toqué su hígado. Y ella movía el culo, cómo movía el culo, como una licuadora, como un animal. Dos minutos nada más. El semen saltó blanco, caliente, viscoso. Se chorreó la pasta dental del chisguete.

Las convulsiones se detuvieron; las detuve. La comunicación también es importante. “No todo en la vida puede ser sexo”, pensé. “Para Rosita sí, estoy seguro”.

—Un respiro, Rosita —le dije— Puede llegar tu marido.

Pero después pensé: “Qué mierda”. Hacía tiempo que Rosita le sacaba la vuelta a su marido. Y su marido también le sacaba la vuelta a ella. Pero con otro hombre. “Está bien así. Todos somos felices”. Me incorporé un poco y recorrí nuevamente con los ojos el cuerpo de Rosita. Sin ropa evidenciaba ya un desgaste natural: los años, los polvos ilegales¼Rosita no llegaba todavía a los cuarenta. No, no llegaba. Es extraño. Las mujeres a los treinta y tantos aparentan, todas, una cierta madurez. Pero tal vez sea una madurez física solamente. A esa edad las mujeres instintivas como Rosita sólo piensan en tener sexo con amantes jóvenes, chiquillos, pingas vigorosas, incansables. Como la voracidad de sus pulpas. “Estar con ellas es como estar solo. Fuera de la cama no sirven para otra cosa. Mi interés hacia ellas es puramente coital. Nada más”.

El tubo de luz que se filtraba por la ventanita de la cocina dejaba ver claramente una procesión de microbios suspendida en el aire. Ahí estaba el cerebro de Rosita.

—Rosita.

Me contestó con un jadeo: síntoma inequívoco de que aún seguía con hambre. Otra vez los perros fornicando. Me clavó las uñas en la espalda y me lamió absurdamente el cuello. Ella estaba en el clímax mientras yo me arrastraba de risa oyendo sus gemidos. “Una mujer que sólo piensa en el sexo no puede aspirar a ser la mujer de un gran hombre”.

Sentí otra vez su mano sobre mi hombro. Sólo que ahora era real. Levanté la vista y la quedé mirando. De nuevo me desvestía con una mirada y con otra me invitaba a su cama. Sentí que mis cuerdas vocales se destemplaban, que saltaban de la guitarra. La quedé mirando.

—Hipócrita de mierda —le dije. Y me puse de pie:— Sólo quieres revolcarte un rato conmigo. Sé sincera.

Rosita se quedó de una pieza. Una pieza calata. Sin responder. No sabía qué responder. Qué bien.

—Búscate alguien a quien le guste el galanteo, la mentira. Alguien que te siga la corriente. Conmigo no la pegas; no lo vuelvas a intentar. Si quieres un amante, dilo, pídelo por correo. Eres una mujer adulta. —Imité su voz, casi cantando:— ¿Puedes ayudarme a arreglar el caño? —y continué:— Toma. Cachera.

Y le devolví la soguilla. Nunca pude hacer el nudo.


* * * * *

—Mi viejo paga todo, no te preocupes —dijo Augusto.

Acepté con entusiasmo. Todo lo que sabía de sexo era lo que había visto en las revistas pornográficas que devoraba con insaciable apetito durante el recreo, y en algunas películas del Metro-Pulga, un cine de mala muerte sin nombre conocido, donde podía entrar sin ser mayor de veintiuno con tal de pagar mi boleto como cualquier parroquiano.

—Vas a subir de categoría, Federico: —me dijo el papá de mis amigos mientras esperábamos en la fila— verás cómo montoya es más rico que manuela —y echó a reír con todas sus ganas.

El señor Banegas era un tipo gordo, grande, empleado bancario, de aspecto vulgar; tenía la costumbre de ver televisión desnudo mientras su esposa le servía la comida al llegar del trabajo. En cierta ocasión, gracias a un relajo de la intimidad doméstica, fui testigo de ello. La escena me resultó incómoda, pero al mismo tiempo quedé fascinado. Mis adolescentes hormonas empezaban a manifestar sus exigencias. “¿Sexo con mi prima?”, me preguntaba después de escuchar tantas historias en el colegio. No hallaba cómo. Moría de miedo tan sólo de pensar que pudiera insinuarme un día con ella, correría a acusarme con mis tíos y quedaría como un depravado, un mañoso o un imbécil ante toda la familia. Me conformaba con masturbarme imaginando desnuda a la mamá de mis amigos, atendiéndome amorosamente, poniendo la bandeja de comida sobre mis piernas, dejando caer sus tetas grandes y redondas, con los pezones negros como chupones, sobre mi cara.

El estacionamiento de El Trocadero no era más que un inmenso lote de tierra, lúgubre como una cueva. Los viejos colectivos que cubrían la ruta desde el Parque Universitario hasta la Avenida Colonial llegaban y partían cada cinco minutos atestados de clientes. Antes de entrar comimos un par de huevos duros con papa sancochada. Según me ilustraron, proteínas y vitaminas eran elementos cruciales para estos trajines. Otros preferían consumir el mismo menú a la salida, para recuperar energías. “Cuestión de estilo y estrategia”, dijeron. Después de comprar los boletos, el señor Banegas deslizó furtivamente una propina al portero.

Una vez adentro, el olor a perfume invadió mi cerebro. Era un extraño aroma penetrante que recorría todo el edificio. Excepto por aquellas de colores, que tenuemente salían de las habitaciones dispuestas a lo largo de los pasadizos, casi no había luces. Las mujeres semidesnudas se apoyaban contra sus puertas en poses sugerentes. En un minuto estaba excitadísimo. El papá de Augusto y Brayan dijo:

—Muy bien, muchachos. Aquí nos separamos. Miren bien y escojan la hembra que más les guste. Aquí tienen el dinero, esto les alcanzará. Después, si se quieren meter otro polvo, me avisan y ya vemos. Nos reunimos en este sitio dentro de cuarenta minutos, ¿ok?
—Buena voz, papá —dijo Augusto.

Sentí que esas instrucciones eran como las que seguramente impartían los oficiales de campo a sus soldados antes de entrar en acción ante la inminente batalla. Ahora tenía que arreglármelas por mi propia cuenta. Di algunas vueltas en círculo. El edificio tenía dos pisos, con varios pasadizos, que al parecer, por lo que fui descubriendo, conferían diferente categoría a las putas. Muchas puertas se encontraban cerradas. Algunas mujeres dejaban la puerta abierta y se echaban en la cama mostrando sus atributos a los clientes, invitándolos a pasar. Otras decían cosas sucias, arrechantes, mientras uno pasaba delante de ellas o les preguntaba cuál era su tarifa y el tipo de servicio que ofrecía.

—Completo, papito —respondían algunas.

Yo tenía vergüenza de preguntar qué significaba “completo” en ese lenguaje. No se lo iba a preguntar a la puta, por supuesto, no tenía intenciones de quedar como un idiota ante ninguna de ellas. En una de ésas, no aguanté más y corrí a buscar a Brayan para preguntarle.

—Te la chupan y todo, pues huevón —me contestó— Si eres pendejo, y te la ganas, tú también se la puedes chupar a ella. Le haces la sopa. Y después se la metes por atrás. Vas a ver que es bien rico, yo sé lo que te digo. ¿Ya sabes adónde vas a entrar?
—No, todavía —respondí.

Continué recorriendo los pasillos. Encontré que ante algunas puertas cerradas había varios hombres haciendo cola, se les veía cansados, con cara de aguantados. Decían que la puta de ese cuarto era fantástica, una loba culeando, cobraba un poco más caro pero te exprimía todito. “Vale la pena esperar”, decían.

Pude ver que había mujeres de todas las edades y etnias. Multitud de cuerpos, variedad de formas. Perfumes exóticos, ropas interiores provocadoras. Los cuartos presentaban decoraciones peculiares. Algunos tenían afiches de películas o cantantes de moda. Otros más bien lucían crucifijos, virgencitas. El recorrido ofrecía una miscelánea de ritmos musicales: rock, criollo, salsa, guaracha.

A medida que avanzaba el tiempo, empecé a sentir cierta angustia. Aunque experimentaba un deleite sensual al descubrir ese nuevo mundo, respirando aquellos perfumes, más tóxicos que aromáticos, viendo tantas mujeres calatas al alcance de mis manos, me presionaba la idea de saber que pronto debía enfrentar el momento de la verdad y entrar en uno de los cuartos. No veía en ningún pasadizo a mis amigos ni a su papá. Seguramente habían entrado ya a comerse alguna puta, luego saldrían y nos tendríamos que ir. En uno de mis patrullajes de reconocimiento, me gustó una mujer de piel blanca y cabello castaño, bajita de estatura, que tenía un delicioso cuerpo al trasluz de su habitación y llevaba una ropa interior roja con zapatos altos del mismo color. Recordé que había sido muy cariñosa cuando le pregunté cuánto cobraba. Regresé a buscarla.

—Pasa, buenmozo —me dijo.

Al cruzar la puerta, me pidió que entrara al baño. Se sentó sobre la tapa del water con una batea llena de agua entre las manos. Me dijo que me bajara el pantalón. La luz del baño, a diferencia de la habitación, no era tenue ni de color; era una luz blanca, fría. Pude ver que la puta era más bien una mujer casi vieja, bien pintada para ocultar sus primeras arrugas, con gesto descortés en el rostro.

—No te vacees antes de tiempo, hijito —me dijo, mientras lavaba mi pene, desinfectándolo con un chorro de alcohol que me causaba un ardor horrible.

Su voz tenía un tono autoritario. Empecé a sentir algo de temor. Me sobrecogí ante su actitud de mando. Se quitó la ropa sin gracia ni elegancia mientras yo me enredaba con los pantalones, tratando de desvestirme, sentado encima de la cama. La puta advirtió mi nerviosismo. Vi que tenía cara de aburrida. Me masturbó enérgicamente para lograr mi erección. Lo consiguió sin dificultad. Agarraba mi pene como si fuera cualquier cosa. Yo trataba de besarla, ella esquivaba ese contacto. Esperaba un trato más cariñoso de su parte.

—Apúrate —me dijo— Métela de una vez.

Yo no tenía idea de cómo se hacía eso. Mis ojos, sin duda, eran muy elocuentes. Sentí que ella me miró como diciendo:

—Me estás haciendo perder el tiempo.

Tomó mi pene y lo introdujo en su vagina. Se movió aceleradamente por un instante, sin darme tiempo a que yo intentara poner algo de mi parte. Eyaculé sin remedio.

—La diste rápido, hijito —me dijo— Así es mejor, porque tengo que seguir trabajando y atender a otros clientes.

Saltó de la cama y trajo papel higiénico del baño. Me lavó el pene otra vez en la batea y me dijo:
—Vístete.

Yo estaba mudo, no podía pronunciar palabra. Sentía que esa mujer me estaba dando órdenes como si fuera mi mamá. Tenía ganas de llorar. La rabia, el miedo, la vergüenza me mordían por dentro. La puta, al ver que estaba ya casi vestido, me llevó apurada hasta la puerta.

—Chau, papito —me dijo, y me hizo una caricia traviesa en la mejilla— Regresa pronto.

Hubiera querido repetir la experiencia con otra puta, para disfrutarla esta vez. Cuando llegué al punto de encuentro convenido los tres me esperaban listos, exhibiendo gloriosas sonrisas de felicidad. Augusto y Brayan se mostraban frescos y bien peinaditos.

—¿Y, cómo te fue? —me preguntó el papá de mis amigos.
—Riquísimo ―contesté, añorando el calor de mi hogar— No pudo haber estado mejor.

26 November 2008

ENTREVISTA A ENRIQUE POLANCO

"MI SUEÑO SERÍA UNA PELÍCULA DE LA CASA DE CARTÓN"

El día de hoy, en la sección central de Perú 21, se entrevista al pintor Enrique Polanco con motivo de la inaguración de la muestra La casa de cartón, hoy miercoles, en el Centro Cultural Inca garcilaso de la Vega en el Centro de Lima. En la misma, Polanco se refiera a la formación de su vocación artística y a su amistad con uno de los íconos de la pintura peruana, Víctor Humareda. Los dejo con algunas preguntas:


Usted tiene un estilo muy propio. ¿Cuándo comenzó a definirse?
Siempre he sido un pintor, digamos, expresionista, desde que comencé. Sufría mucho en hacer la academia. La hice un año y, después, nunca más. Eso me costó muchos enfrentamientos. Pero lo superaba y presentaba mi trabajo. Con un grupo de estudiantes de esa época salíamos mucho a la calle, y eso nos costaba más enfrentamientos.
En su obra, la ciudad está presente.
Salíamos y pintábamos en Barrios Altos, en el Rímac. Es cierto que Lima no estaba tan brava. No había pasteleros, por ejemplo. Antes, yo recuerdo que nos podíamos meter trancas con gente de ahí, en cantinas de mala muerte, porque respetaban a los de Bellas Artes. Después ya no era posible.
¿Conoció a Humareda?
Claro, en la escuela, en el 77, creo. Yo lo veía dos veces a la semana, en su hotel. Era todo un ritual. Iba al hotel y, con 15 alumnos, nos íbamos a ver la pinacoteca Merino, en la Municipalidad de Lima. Íbamos todos, con Humareda adelante, con su gabán. Luego, a La Victoria, a su hotel, en La Parada. Y comenzaba a sacar sus cuadros y hablábamos.
¿De qué?
Del pasado. Mis amigos son los muertos, decía: Velásquez, Goya. “El arte de ahora es una mierda”. Nos hicimos amigos, aunque yo era un muchacho. Recuerdo haber acabado con él en La Parada, a las cinco de la tarde, en medio como de 500 triciclos de ropavejeros. Una vez fuimos a un burdel, un edificio inmenso, sórdido, con un olor… a todo. Ahí comencé a dibujar una serie de San Cosme. Me iba hasta arriba, en las noches. Humareda también pintó San Cosme. Hay en mi obra un homenaje a él, expresionista al fin y al cabo.
¿Paraba ebrio?
No. Había dos Humaredas: uno, el que mostraba, bufonesco, y otro que hablaba de lo difícil que era pintar. Él vivió 30 años en un cuarto de dos y medio por uno y medio, donde pintaba y dormía. Era un santo de la pintura.
¿Qué lo llevó a usted, un pintor urbano, a China, donde pasó cuatro años?
A China salí corriendo de Lima, de Barranco, de la malograncia. Me fui lo más lejos posible (ríe). No. Postulé a una beca y salió. Un buen día aparecí en Pekín. Estudié pintura. Pero lo que hice –pinto donde estoy– fue pintar China, de la cual nadie sabía nada en esos años. Fue toda una experiencia.
¿Cuánto tiempo le tomó ubicarse en la escena de arte local?
Mi primera exposición fue en el 83. Vendí como tres cuadros. En la segunda no vendí nada. No trabajo con galerías pero, gracias a Dios, tengo un público que me busca. Es una suerte haber podido vivir de la pintura hasta ahora. Pero yo no soy de esos que hacen decenas de miles de dólares en una sola muestra.


HOMENAJE A EIELSON


POR INAUGURACIÓN DE CENTRO DE ESTUDIOS EN ITALIA

Con motivo de la inauguración del Centro de Estudios Jorge Eduardo Eielson, en Florencia, Italia, Mario Vargas Llosa dictará una serie de charlas y conferencias en donde rinde homenaje a una de las más altas voces de la poesía del 50, de quien dijo es un "artista universal cuya vocación no estaba limitada por las fronteras nacionales. Los dejo con la nota de Perú 21:

HONORES A EIELSON Y MVLL. El autor de Conversación en La Catedral (1969) asiste a seminarios y lecturas organizados en su honor con ocasión de la inauguración del Centro de Estudios Jorge Eduardo Eielson, destacado artista plástico y poeta peruano que residió más de medio siglo en Italia hasta su muerte, hace dos años. Vargas Llosa le rendirá tributo a Eielson, uno de los creadores más 'cosmopolitas’ de América Latina, autor de objetos de arte, instalaciones y cuadros, quien formó parte de importantes corrientes artísticas europeas y cuya obra poética es considerada entre las más importantes del continente.“Fue un artista universal, su vocación no estaba limitada por fronteras nacionales. Su obra de artista retornó en forma figurada al mundo de Perú al resucitar los mundos de la civilización prehispánica a través de los famosos nudos, los códigos incas”, aseguró Vargas Llosa, quien dictará charlas, ofrecerá lecturas y asistirá a la representación de su obra La chunga, dirigida por el italiano Ivano Malcotti.

REALISTA. “Yo amo la literatura, es mi vocación, pero no puede divorciarse de lo que ocurre en la calle. Es que yo quiero estar en la calle, participar en el debate público”, confesó Vargas Llosa, cuyas posiciones políticas le podrían costar incluso el Premio Nobel.“Defiendo la democracia, ataco toda dictadura, de izquierda o de derecha. Ataco los regímenes corruptos y combato el dogmatismo. Soy, eso sí, un liberal, que es una doctrina abierta, sometida a la crítica y a la autocrítica. Cuando me equivoco, reviso y corrijo”.

25 November 2008

ENTREVISTA A DIEGO TRELLES


"PARA ESCRIBIR YO CREO QUE ES NECESARIO SER VALIENTE"

Continuando con nuestras entrevistas sobre los inicios literarios de algunos escritores peruanos, esta vez hemos convocado al joven narrador Diego Trelles (Lima, 1977), autor del libro de relatos Hudson, el redentor y la novela El círculo de los escritores asesinos, radicado en Nueva York desde hace algún tiempo, y que en la actualidad prepara el material para su próxima publicación, que aparecerá en España el año entrante. Los dejo con las preguntas de rigor:

UNO

¿Cuál fue el primer libro que recuerdas entre tus manos y que sensación te causó?

Demian de Herman Hesse. Me lo regaló mi padre. Me dijo lee como si dijera abre una ventana. Recuerdo mucho la nota que Max Demian deja a Emile Sinclair: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer tiene que destruir el mundo”. Con una frase como ésa entiendo perfectamente que, aún hoy, la sensación perdure.

DOS

¿Qué autores determinaron tu forma de escribir y tu visión del mundo en tus inicios literarios?

En mis inicios, Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti y, a partir de estos dos últimos, William Faulkner. Hablo aquí de lo formal. Mi visión del mundo es mucho más cercana a las de Onetti o Ribeyro que a la de Vargas Llosa.


TRES

¿Tienes hábitos y costumbres a la hora de escribir? ¿Cuáles son tus horarios?

Música. Es el único hábito. No tengo horarios de escritura. No soy ordenado ni espero serlo. Nunca voy a ser un escritor prolífico. No aceptaría publicar un texto del que no esté absolutamente convencido y, para bien o para mal, soy obsesivo y muy autocrítico con lo que escribo. El ritmo y la cadencia de la prosa, el sonido de las palabras en una oración y en un párrafo y en el conjunto de una página, todo eso me importa mucho porque siento que escribir es armar, de a pocos y con muchísima paciencia, algo parecido a una sinfonía interior.

CUATRO

¿Qué recomendaciones o consejos le darías a aquellas personas que se están iniciando en la narrativa?

Esta pregunta me la hicieron hace poco. Mejor te hago un copy and paste porque no he cambiado de idea: “Lo importante es leer y escribir como si el mundo fuera a acabarse y tener la madurez suficiente como para aceptar que a veces no hay talento y que sin talento, no se llega. Me parece importante, además, tener cierto pudor, no ir por la vida anunciándole al mundo lo genial que eres ni publicando todo lo que escribes. Sin humildad no es posible la valentía y, para escribir, yo creo que es necesario ser valiente”.

CINCO


¿Cuáles son tus nuevos proyectos narrativos y para cuándo tus lectores podrán tener una nueva obra tuya?

Hay un libro de cuentos listo en un 90%. Por otro lado, es raro e inédito esto en mí pero trabajo dos novelas al mismo tiempo y no creo haber forzado nada. Cuando Onetti escribía Juntacadáveres, luego de visitar un viejo depósito de buques, le llegó como una epifanía o como una inspiración súbita y febril, la necesidad de dejar la novela que escribía para empezar otra que terminó muy pronto y que llamó El astillero. No voy a cometer la obscenidad de compararme con Onetti, pero sí me gusta pensar en esa anécdota ahora que estoy alterando mi ritmo natural de trabajo. Todo esto debe aparecer en España en 2009.

23 November 2008

PRESENTACIÓN DE LIBRO



Librería Ksa Tomada y Bizarro Ediciones se complacen en invitarlo a la presentación de la novela Ciudad Ceniza, del escritor Mariano Carranza.

Los comentarios estarán a cargo de :

-Javier Arévalo
-Richar Primo
-Max Palacios

Dia: Viernes 28 de noviembre
Hora: 7 p.m.
Lugar: Librería Ksa Tomada (Conquistadores 1238, San Isidro)

Vino de Honor

LETRAS ORIENTALES


EN EDICIÓN DE EL DOMINICAL

Leyendo con mucho escepticismo el "nuevo" El dominical de El Comercio, encuentro un interesante artículo de Diego Otero sobre las letras orientales en la literatura peruana. En el mismo se hace alusión a la obra de autores como José Watanabe, Doris Moromisato y Siu Kam Wen. Los dejo con el fragmento correspondiente al poeta de Laredo:

"El lenguado" es uno de los mejores poemas de José Watanabe (1946-2007), la gran figura de la literatura nikkéi en el Perú: "Soy / lo gris contra lo gris. Mi vida / depende de copiar incansablemente / el color de la arena, / pero ese truco sutil / que me permite comer y burlar enemigos / me ha deformado". "El lenguado" habla de adaptaciones que nos transforman y que nos obligan a ciertos sacrificios: toda supervivencia implica una pérdida; la pérdida de "la simetría de los animales bellos".

¿Hasta qué punto esa parábola del poema no es una reflexión sobre la identidad nikkéi, sobre la pulsión de una necesidad de adaptación? Watanabe cierra el poema con una alusión al sueño en que habla del arte como el vehículo de la libertad: "A veces sueño que me expando / y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande / que los más grandes. Yo soy entonces / toda la arena, todo el vasto fondo marino". La poesía como el espacio del que se han retirado todas las vallas. Todos los documentos de identidad. Todas las oficinas migratorias.

PRESENTACIÓN EN EL YACANA DEL CENTRO DE LIMA