19 May 2014
03 March 2014
SOBRE "LOS QUEHACERES DE UN ZÀNGANO"
De paseo por el mundo de un zángano
Transitando por
el Jirón Camaná encontré un ejemplar
completamente nuevo de Los quehaceres de
un zángano (Bizarro editores, 2008) de Fernando Morote .Debo confesar que
desconocía el título; sin embargo, el
nombre del autor me resultaba familiar .No me equivoqué en mi sospecha. Sí, era
el mismo personaje que se comunicaba conmigo a través de internet y me
solicitaba libros de autores peruanos reconocidos como por ejemplo: Oswaldo
Reynoso, Enrique Congrains, Sebastián Salazar Bondy, etc. Mi oficio de librero coincidió
con este escritor peruano radicado en Estados Unidos del cual desconocía
totalmente. Era el año 2008 y mis preocupaciones literarias se enfrascaban en
aprobar los cursos de teoría literaria; el libro de Morote-en esa época -había
pasado totalmente desapercibido para mí.
Las primeras
líneas de la obra me divirtieron notablemente; personajes de los que intuía su identidad, escenarios
por donde transito diariamente, pequeñas historias dentro de la historia principal,
un humor negro caracterizado por la limpieza de la prosa, elementos propios de
los noventas que aún se mantenían en mis recuerdos y que poco a poco empezaban
a tomar forma, posicionarse y aflorar nuevamente. Sin duda, todo ello, me dejó
una satisfacción favorable. Aparte de esto, el texto está escrito con un lenguaje coloquial con el
que sentí una rápida identificación.
Entonces, surgió una idea: Hacer una
reseña de esta novela que se veía prometedora y que había pasado desapercibida
por la crítica literaria y por lo que
hoy tal vez tenga mayor difusión: Las redes sociales.
Los quehaceres de un zángano se divide en dos partes: En la primera el autor refleja sus
conflictos internos, hace un recorrido por sus años de infancia, nos
muestra su transitar por algunas zonas
burguesas de Lima. Existe alguna que otras muestras de embriaguez que terminan
en alguna delegación policial y el posterior asedio de la Guardia Republicana .La
busca de una identidad, el resentimiento familiar, la lucha por superar la
dependencia a las drogas ,el haber logrado ciertos triunfos personales; poco o
nada importan para el personaje ,pero sí
a su familia. Deambular por algunas playas del sur plagado de pederastas, ser confundido
con un senderista por llevar un libro de Mariátegui y por apellidarse igual que
el número dos de Sendero Luminoso, acudir a centros de rehabilitación en donde
es víctima de los peores insultos. Todo esto
recrea un ambiente decadentista, pero a la vez interesante a fin de
entender cómo se proyecta la realidad limeña burguesa de fines de los ochentas
y mediados de los noventas.
Federico
Barrionuevo es un hombre de mediana edad que empieza a hacer un recorrido de su
vida; desde sus años de infancia hasta el año de 1996, el transcurrir de este
señor está marcado por el alcohol, la carrera de Derecho en la UNFV y un tremendo rencor a medio mundo. El espíritu literario de nuestro héroe se ve
reflejado en los años de la guerra interna y del primer gobierno de Fujimori;
una novia radicada en Chile por la que se desvive y el deseo de superación personal reflejado en vencer sus
antiguos vicios. En medio de estos conflictos logra desempeñar diversos
trabajos como vendedor de carteras, estibador o funcionario de un banco .Su
desencanto ante la vida es notoria, él sólo quiere ser escritor y subsistir en
base a un trabajo relajado, excento de presiones y responsabilidades.
Dentro de este
dentro de este deambular conoce a personajes entrañables de nuestro quehacer literario
y cultural propio de los noventas y algunos que todavía están presentes .Podemos encontrar referencias a autores y editores desaparecidos como César
Calvo, Julio Ramón Ribeyro, Antonio Cisneros ,Reynaldo Naranjo ,Jaime Campodónico
.Los centros nocturnos de Lima-de
aquella época-matizan el escenario narrativo y son de importancia referencial
;la presencia de lugares como "Tutu Café" de La Molina, el local de
la ANEA en el centro de Lima, "La huerta de los libertadores" de
Jesús María ;El Juanito, El Piselli, La Noche y El Ekeko de Barranco, etc. El
reflejo burgués decadentista, la multiplicidad de escenarios, el elemento temático
y la prosa de Morote hacen que el libro
sea una vuelta entrañable a los años noventas.
La segunda parte
de la novela es de tendencia personal y hasta tiene ciertos elementos de tipo
confesionario. Existe un conjunto de cartas destinadas a un amor radicado en
Chile, y un diario que muestra sus
páginas de manera desvergonzada. Al leer esta segunda parte del libro se me
vino a la mente la figura de dos monstruos de la literatura universal: El
primero es Joyce cuando enviaba esas cartas
tan íntimas a su esposa; cartas dotadas de una gran de una gran carga sexual,
pero también de un profundo amor hacia ella. La segunda referencia va en
relación este personaje creado por Nabokov -llamado Humbert Humbert-,en el que
mediante un íntimo diario expone parte de sus revelaciones sexuales ,miedos, conflictos,
e insatisfacciones.
Los logros de la
novela se enmarcan en la técnica utiliza a manera de collage, el humor frente a
lo absurdo y lo caótico, la limpieza de
la prosa y el estilo depurado hacen de la lectura un momento agradable; estos
aspectos se pueden apreciar en lo que tal vez sean los pasajes mejor logrados:
La erótica historia de Mamerto González y De paseo por el mundo de Kafka. Lo
que se puede criticar al texto es la presencia de algunos lugares comunes,
cierto desorden que aparece en la estructura de la primera parte, y que por
momentos pareciera más un libro de
índole personal que literario. Al margen de ello, la calidad de Morote está
presente y visualiza el futuro de un narrador sin tapujos ni convenciones
formales. De aquel tipo de narradores que son pocos, pero que quedan en nuestro
presente y que sin duda nos divierten, sorprenden y agilizan el gusto por lo subversivo
en la literatura.
Rubén Javier
Lima,27 de
febrero del 2014.
*Librero,
director de Librería Rashomon, bachiller en literatura peruana y
latinoamericana por la Universidad de San Marcos.
22 February 2014
Criaturas musicales y otros cuentos (Fernando Ampuero)
Mi buena estrella
Cruzaba en tren la pampa argentina. Había salido temprano
en la mañana, desde Buenos Aires, camino a Santiago de Chile, y ahora, a media
tarde, odiando el monótono traqueteo sobre los rieles, apoyaba la frente en el
vidrio de la ventanilla. Estaba solo, somnoliento, en una cabina de seis
compartimentos, y hacía esfuerzos por sacarme de la cabeza que me estuviera
tocando vivir esa pésima combinación de circunstancias en que se juntan un
buche vacío y unos bolsillos pelados.
Sentía un hambre bárbaro, de día y medio, y el paisaje,
para colmo, no ayudaba. Era de un aburrimiento eterno, carente de lirismo, que
no se congraciaba con los sabios versos del Martín Fierro. Nada interesante se
veía en la famosa pampa: ni un altivo gaucho a caballo, ni un lejano ombú. La
imaginación, por tanto, me arrastraba hacia fantasías culinarias, casi orgiásticas,
dominadas por el sabor del chimichurri y el aroma de las carnes recién cocidas
de la región: los bifes a la parrilla, los chorizos, las morcillas, los
chinchulines, el jugoso cabrito crucificado frente a pequeños montones de
humeantes brasas al rojo vivo.
La siguiente parada era Mendoza, al extremo opuesto de la
pampa y a un paso de la cordillera. Allí, antes de pasar la frontera, debía
bajar para hacer noche y cambiar de tren. Mi proyecto era dormir en una banca
de la estación, pues mis fondos apenas alcanzaban para tres o cuatro tazas de
café y algunos panes. A menos, claro está, que mi buena estrella, la más
esquiva y neurótica de mis compañeras de aventuras, me sonriera con su brillo.
Y eso ocurrió. Mi buena estrella asomó, bajo una suave
llovizna, no bien pisé el adoquinado de la ciudad de Mendoza.
La anodina calle de la estación se hallaba a oscuras,
excepto por un cafetín de baja estofa que mostraba una gran ventana iluminada.
Cortinillas a cuadros, percheros, una sólida barra de madera con estribo de
metal. Previendo que mi nariz se pondría fría a la undécima hora de la banca,
entré al cafetín y elegí una mesa apartada, en un rincón, liberándome de la
mochila, en tanto ordenaba uno de esos contados cafés que consentía mi
presupuesto.
El local, lleno de humo como un garito, congregaba a
gente de trabajo: albañiles, fontaneros, obreros en mamelucos, mujeres
envejecidas sin amor. La mayoría charlaba en murmullos, como suele hacerse tras
una jornada agotadora, y todo lo que se oía era una especie de zumbido. Aunque,
con regularidad, destacaba una voz tonante. Una voz seca y ruda que llamaba a
un camarero sonámbulo.
–Un poco más de vino, chico –decía. (También demandaba
queso rallado, pan, pimienta.)
La voz provenía de una mesa cercana a la mía ocupada por
un sujeto canoso, de unos cincuenta años. Era un tipo en mangas de camisa, con
brazos velludos y fornidos, que tenía un generoso plato de polenta ante sus
narices y una botellita de boca ancha con tinto de la casa. Comía muy poco,
pero bebía bastante.
Y no le habría conocido, me parece, si yo, al momento de
beber el café, no hubiera sufrido un acceso de tos, lo cual me suscitó un atoro
que me puso la cara roja en segundos.
–Jaláte una oreja –me dijo el viejo.
Tosiendo, y dándome golpecitos en el pecho con una mano,
lo miré con ojos llorosos, aunque sin acatar su consejo.
–La oreja derecha –me instruyó–. Agarráte el pallar y
pegá dos cortos jalones.
No pensaba tomar en cuenta tamaña estupidez, pero en la
zozobra de mis convulsiones el viejo me clavó de pronto una mirada glacial.
Me jalé la oreja. Y al cabo de unos instantes el cielo
encapotado de mis pulmones se despejó, dando paso a una alegre y ventilada
mañana. (¿Coincidencia? ¿O acaso funcionó la maña de la oreja? Tal vez sea lo
primero, pues no obtuve los mismos resultados cuando más adelante lo intentara
en otros atoros y atragantamientos.)
–¿Se da cuenta qué frágiles somos los seres humanos?
–comentó el viejo un poco después–. Basta una tontería para acabar fríos. Hay
gente que se muere delante de uno porque se le atraca en la garganta un
pedacito de carne. Se desesperan y se mueren, ¿no es increíble?
Asentí sin pronunciar palabra.
–A veces cuando estoy reposando en la cama y siento cómo
sube y baja mi pecho con la respiración, me pongo a pensar en esto. Entonces me
digo: “Si se parara este leve movimiento, si algo mínimo en este fino mecanismo
interior se quebrara, se termina todo”.– El viejo se irguió en su asiento y
sonrió–. ¿Esperás a alguien?
–No.
–Bueno, veníte a mi mesa que te invito una copa –dijo
ofreciéndome una silla–. Andá, vení. –Aquellas palabras, de hecho, eran lo más
reconfortante que había escuchado en las últimas horas. Y acepté sin remilgos,
pues sabía que aquel vaso de vino, aparte de no costarme nada, me iba también a
proporcionar un calorcito mucho más grato y duradero.
Ya más cerca, y tras beberme medio vaso, advertí que el
viejo era uno de esos tipos fibrosos, de piel curtida y un tanto cargado de
hombros, pero aún capaz de competir en esos juegos vascos que consisten en
tumbar árboles a cabezazo limpio. Su boca, de labios finos, parecía una
cicatriz en su rostro, y el color de sus ojos, chispeados, era gris como el
acero. Me preguntó si estaba de paso. Le solté el rollo completo. Que estaba de
regreso a mi país, que era peruano, mochilero desde hacía un año y que tenía el
boleto de tren pagado hasta Chile, pero que me encontraba sin un mango.
–¿No has tenido laburo?
–Lo tuve. Cargué bultos en el muelle de Buenos Aires,
aunque la cosa no me dio para mucho. A las justas pude bancar el pasaje a Chile
y saldar algunas deudas.
El viejo meneó la cabeza.
–Por todos lados, en las carreteras y en los trenes, se
ve ahora a muchachos como vos. Deben pesar bastante esas mochilas, ¿no?
–Hay que saber seleccionar las cosas que se llevan. Los
libros son lo que más pesa. Yo sólo llevo dos o tres. Los demás los leo y los
regalo.
–De todos modos, no creo que a vos un poco de esfuerzo te
preocupe mucho. Estás joven y fuerte. ¿Qué edad tenés?
–Diecinueve años.
–Ah, bonita edad –se rió el viejo–. Uno está lleno de
entusiasmo, de sueños… A esa edad yo me enamoré de veras, de la Rosa, una chica
de Ramos Mejía. ¡Era linda, la Rosa! Tenía unas trenzas rubias, largas y
sedosas, y lo que yo llamo unas firmes nalgas de potranca. Nos cogimos en un
pastizal –se calló unos segundos, levantando la mirada, como si estuviera
rindiéndole un homenaje a ese antiguo amorío. El viejo estaba hecho para el
tono confesional. Parecía, inclusive, que éste era su modo natural de
comunicarse– … Después, he tenido otras mujeres, ¿sabés?, muchas mujeres, pero
nunca he vuelto a sentir lo que sentí por ella... –y terminó de beber su vino.
¿Qué hace que la gente se ponga a hablar así? ¿El vino?
¿La soledad? Me había ocurrido tantas veces este asunto de ponerme a charlar
con un desconocido que de buenas a primeras, en un giro retrospectivo, se larga
a contar intimidades, que no le daba mucha importancia.
–Siempre hay un gran amor que no se olvida –sentencié, y
en seguida me arrepentí de mi frase de folletín.
–Lo que yo no olvido es una piel –dijo el viejo.
–¿La piel de Rosa?
–Así es.
–Debió ser bella esa muchacha.
–Lo era. Lo fue siempre, desde nenita. Tenía un poco cara
de caballo, pero yo nunca he visto mujer más atractiva.
Bebí un sorbo de vino. (Entretanto, el pequeño cineasta
que habita en mi mente encendió su cámara y enfocó, en plano abierto, un
soleado campo de hierba alta ondulando al viento. Rosa corría por ese campo. El
viejo, jadeante, la perseguía; pero, conforme se acercaba a ella, iba
recuperando su juventud perdida hasta transformarse en un chico de sonrisa
feliz y con un mechón rubio comiéndole la mitad de la frente. Una toma similar
a las de esas películas suecas, de Bergman, que yo solía ver cuatro o cinco
veces.)
–¿Era una vecina?
–No.
–¿De dónde venía entonces?
El viejo tomó aire con dificultad y resopló:
–Vivía en casa. Era casi como una hermana. Mis padres la
recogieron cuando tenía siete años.
No necesitaba decirme más. Entendí en un segundo el lío
en el que se habían metido. Podían cambiar los detalles, y hasta ciertos
matices, pero el fondo de ese complejo romance estaba claro como la mierda.
–¿Le pidió para irse juntos?
–Sí –me dijo–. Pero no quiso. Dijo que no creía en mí,
que no me veía futuro… Y a los veinte años se marchó a vivir a Buenos Aires y
no regresó más. Nunca, en treinta años, he vuelto a saber de ella. Cosa rara,
¿no? Como los recuerdos, que se vienen así de pronto… –Y se detuvo, súbitamente
intrigado ante mi aspecto personal: mi pelo largo y mis jeans raídos–. ¿Vos sos
hippie?
Asumí el cambio de tema sin pestañear:
–¿Por qué lo pregunta?
–Curiosidad. No sé lo que son los hippies. O sí lo sé,
pero no los entiendo, ni tengo muy claro en qué consisten sus intereses. He
leído en algún diario que andan por ahí detrás de la paz y la marihuana. Y
dicen que además le dan duro a la manija.
–¿A qué manija?
–A ésta –dijo llevándose una mano a los testículos.
Me reí.
–Todo el mundo le da a la manija –repuse–. Pero, sí, debe
haber algo de cierto en lo que se dice –y cedí a la comodidad de repetir, argot
incluido, los trillados argumentos de la época–, aunque hay en el hippismo una
cierta rebeldía contestataria. La gente joven rechaza una escala de valores
caduca, hace de su concepto de la libertad una suerte de fetiche y opta por una
vida salvaje, de retorno a la naturaleza. ¿Ha oído hablar alguna vez sobre
ecología?
El viejo miró su plato y se puso a comer. Yo, obedeciendo
a una súbita intuición, guardé silencio. Durante dos largos minutos, en nuestra
mesa, no se oyó otra cosa que el ruido de su tenedor rozando la loza del plato.
Luego, limpiándose la boca con la servilleta, él mismo reanudó la charla
hablando a media voz:
–¿Vos te pensás que yo no he estudiado, pibe?… No, no es
así. Llegué hasta el cuarto año y luego hice la colimba. Así que no me
impresiona la palabrería. Y en cuanto a ese asunto de la ecología, te aseguro
que he podido vivir lo suficiente sin saber de ella.
–Escuche, no quería decirle… –repentinamente me comencé a
sentir un cretino y no sabía cómo disculparme–. O mejor dicho, mi intención no
era...
–Ya lo sé –entrecerró los ojos–. No necesitás darme una
explicación. Una cosa lleva a la otra, ¡me lo vas a decir a mí!... Pero vos y
yo estábamos hablando de los hippies y la manija, ¿no es cierto? Bueno,
atendéme bien, yo estoy convencido de que darle a la manija es placentero y no
se puede evitar, pero es algo que hay que saberlo manejar, porque en una de
esas te enamorás y se te arruina la diversión. ¿Sabés por qué? Porque el amor
es una estupidez... la peor estupidez… Y sobre lo otro, eso de la paz y la
marihuana, deben ser cosas de putos, digo yo. A mí me gusta más la guerra y un
buen vino áspero… Por aquí, en Mendoza, hay unos tintos muy buenos, realmente
buenos.
No iba a iniciar una discusión, los hippies me importaban
un rábano y por último, en lo que concernía a los vinos, el viejo y yo éramos
de la misma opinión:
–Un vino de calidad no se compara a nada –dije–. Y por si
acaso, yo no soy un hippie.
El viejo se extrañó:
–¿No lo sos?
–No. Puedo tener algunas coincidencias con ese modo de
vivir y pensar, algunas ideas, pero la vida para mí no es tan simple.
–¡Qué bueno, muchacho! Eso quiere decir que por lo menos
te bañás a menudo. Mirá, cuando yo era joven, nadie se sentía orgulloso de su
mugre y de su desaliño como ocurre ahora. Eso era una locura y una vergüenza
–pensé informarle que conocía a muchos hippies amantes de la higiene, pero no
me dejó hablar–. Hoy todo es distinto y eso es lo que no entiendo. Tal vez se
debe a que he pasado demasiado tiempo adentro.
Su última frase había sonado un tanto apagada.
–¿Adentro? –pregunté–. ¿Qué quiere decir?
–Estuve en Villa Devoto –dijo el viejo y, fastidiado,
observó mi vaso vacío–. Servíte más vino, por favor, con confianza –y casi sin
transición, con un atisbo de inquietud, me interrogó–: ¿Pero vos no tenés
hambre? ¡Hmm, esperá! Vos no comés porque no tenés guita, nada más.
Con gentileza sorprendente, el viejo me llenó el vaso de
vino y, acto seguido, le pidió al camarero más vino y un plato de polenta para
mí. No, caramba, no tenía de qué preocuparme: todo iba a correr por su cuenta.
Él comprendía la situación, sabía lo que era estar desbancado y me aconsejaba,
en tono canchero, como si todos los refranes fueran invención suya, que al mal
tiempo había que ponerle buena cara, mi amigo.
Me tomó más de cinco minutos caer en la cuenta de lo que
había dicho. Villa Devoto –el significado de este nombre me vino a la mente
cuando estaba probando el primer bocado de polenta– no era una finca de trabajo
o un perdido pueblito de la Patagonia. Era como en Perú decir Lurigancho, la
cárcel, la prisión estatal. Por unos instantes permanecí inmovilizado en mi
asiento.
–¿Qué pasa? –el viejo se desconcertó ante mi actitud–.
¿No está buena la polenta?
–¡Está estupenda! –dije, volviendo a comer e intentando
una sonrisa de agradecimiento. Pero reparé que, dentro de mí, se agitaba un mar
de ansiedades. Ni siquiera la emoción del vino y la comida caliente, tan
deseadas, podían atenuar mis recelos y mis confusos sentimientos. “¿Qué habrá
hecho este hombre para que lo hayan metido preso?”, me preguntaba.
–Maté unos bípedos –dijo el viejo y secó su vaso de
vino–. Imagino que eso estabas pensando, ¿no es cierto?
–No, no –balbuceé–. En realidad, no pensaba en nada.
El viejo me deslizó otra de sus miradas glaciales. Y con
gesto mecánico, volvió a llenar su vaso y completó el mío.
–En fin, ya lo sabés, de todos modos –prosiguió–. No
quiero que pensés que soy un ladrón u otra clase de miserable. La gente se hace
ideas tontas de los convictos. Mirá, la cárcel no es un lugar tan malo. Es
dura, por cierto, pero se conoce gente. Uno tiene mucho tiempo para conocer a
las personas. Aunque todo ese conocimiento, a fin de cuentas, nos sirve para
muy poco. Para decir tan sólo ese sujeto es así o es de ese otro modo.
Yo seguía comiendo y bebiendo,
mirándolo fijamente, y en un silencio casi sagrado. El viejo hablaba como un
desengañado del mundo; como un letrista de tango, con aires de filósofo
trasnochado y hasta de predicador. A ratos podía tal vez parecer cursi, pero no
dejaba de provocarme aprensiones.
–El crimen es producto de una suma sencilla –su voz, por
efectos del vino, sonaba ahora grave y pastosa–. Dios cuenta las lágrimas de
los hombres engañados. ¡Es un contador bárbaro! Si llega a contar hasta tres,
autoriza a ese hombre, con el divino poder de su furia, para que mate a la
mujer que causa su pena. Ese fue mi problema, mi amigo, y la razón por la que
me encerraron la primera vez.
–¿Cuántas veces estuvo preso? –indagué.
–Dos veces. La primera fue una condena de diez años y la
segunda de quince. Toda una vida, ¿no creés?
–Veinticinco años es un largo tiempo –dije.
–Y lo peor es que la primera vez mi corazón no estaba del
todo comprometido. Aunque vivía conmigo, yo no quería a esa mujer. Pero eso no
me importó. Los hombres lloramos más por rabia que por amor. Y ellos me habían
ofendido. De manera que una tarde los seguí, ellos se metieron a un hotel y ahí
los maté. Un balazo a cada uno. Y yo mismo cogí el teléfono y avisé a la
policía para dar cuenta del caso.
–¿Usted llamó a la policía? –me sorprendí.
–Yo siempre doy la cara –masculló el viejo–. Llamé a los
canas y les dije: “He matado a unos infieles”. Y resultó un buen tipo el
comisario. No me dijo nada, pero sé que me comprendió. Asentía en todo momento
con la cabeza como si no se cansara de darme la razón. Ni siquiera me esposó
cuando me llevaba a la cárcel. Lo digo en serio: era un buen tipo. La muerta
estaba desnuda y, antes de salir, me permitió que la cubriera con una sábana.
Ambos en forma simultánea miramos en torno nuestro y
vimos que el cafetín estaba casi vacío.
–Es hora de irse –dijo el viejo y pidió la cuenta. Y no
bien la canceló, nos bebimos lo que restaba de vino, me ayudó a ponerme la
mochila y, al cabo de unos minutos, estábamos uno al lado del otro andando
sobre el húmedo adoquinado.
La calle seguía igual de oscura y fría, y ahora además se
veía solitaria.
–Te acabo de una vez el cuento –bostezó entonces el
viejo–. Mi segundo delito no tuvo historia. Se trató de un atorrante, dentro
del penal, que quiso dárselas de compadrito. En el comedor, delante de todos
los reos, se le antojó tirarme al suelo el plato del rancho. Yo tenía un
cuchillo escondido en uno de los botines. Me levanté y lo abrí como a una res…
Así de sencillo… ¿Vos estás yendo a la estación?
–Sí –contesté sintiendo de nuevo aprensiones, a la vez
que experimentaba una mezcla de pasmo y asombro a causa de la tranquilidad con
que el viejo refería sus crímenes.
No está de más decir que no se me ocurrió hacer el menor
comentario respecto a estos. Temía de parte de aquel sujeto una mala
interpretación y, en consecuencia, cualquier tipo de reacción peligrosa. Me
limité a caminar a su lado, en silencio, oyendo el ruido de nuestras pisadas.
Sin embargo, en medio de todo, empecé a sentir alivio. Calculaba que tan sólo
faltaban veinte metros para llegar al final de la calle, donde quedaba la
estación, lo cual me iba a permitir, de una manera natural, despedirme y
agradecerle por su gentil invitación.
El viejo bostezó otra vez:
–¿A qué hora parte tu tren?
–A las seis y media.
–Bueno, recién son las once –dijo consultando su reloj
pulsera–. Tenés todavía una noche larga, y lo mejor será que vengas conmigo.
Arriendo una piecita de hotel con dos camas, a la vuelta de esta calle. Y no me
cuesta un cacho hablarle al encargado.
Le iba a
explicar las magníficas ventajas térmicas de mi bolsa de dormir y a negarme
rotundamente, pero no sé cómo acabé preguntándole:
–¿Está
seguro de que no voy a molestar?
–De ninguna
manera –chistó el viejo.
E
inesperadamente me cayó encima, como una tonelada de papas, todo el cansancio
del día, la fatiga del viaje y de las caminatas, la modorra del vino y la
comida, y el agotamiento nervioso de saberme expuesto a un asesino amistoso
(aunque de hecho impredecible).
–Lo que
menos quiero es incomodarlo –insistí.
–Dale, che
–sonrió el viejo–. Además, me hacés acordar a un amigo del penal, el turco
Morante –y dobló por una esquina.
Lo seguí,
consolándome ante la perspectiva de un colchón mullido y la posibilidad de
librar a mi nariz de los rigores de la intemperie.
–¿Era un
buen amigo?
–¿Si era un
buen amigo? –el viejo se volvió bruscamente, con gesto afectado–. ¡Claro que
sí! –Reparé a esa altura en que su tamaño era inferior al mío, una cabeza
menos, pero aquello no lo empequeñecía en absoluto–. El turco es un chico
callado y valiente, y por si fuera poco muy trabajador. ¡Golpea con el martillo
como un dios griego! Fue él quien me enseñó el oficio de la carpintería
metálica, que es el laburo al que me dedico ahora… Lo triste ha sido que le
perdiera el gusto a la calle. No hace mucho salió libre, se fastidió de andar
por ahí y en unas de esas se desgració.
–¿Se mató?
Ya entrábamos a un hotelito modestísimo, categoría media
estrella (en mi clasificación particular), con suelo de madera apolillada, luz
mortecina y fantasmagóricas manchas de humedad en las paredes.
–¡Qué se va a matar! –sonrió el viejo–. Lo que hizo fue
que agarró a un boludo cualquiera y le puso la cabeza como una coliflor. Y
ahora está de nuevo a la sombra. El pobre se había acostumbrado a la prisión,
extrañaba sus paredes y sus cercos. Y eso pasa… A decir verdad, esas cosas
pasan…
¿Podría haberme dicho una cosa peor? Francamente, lo
dudo. Difícil concebir mejor forma de que yo imaginara que él, de un momento a
otro, podría también sufrir esos terribles ataques de nostalgia y, como su
querido amigo, recurrir a un pretexto semejante, digamos reventar durante dicho
trance al mortal que tenga más a la mano.
–La costumbre –musité con un hilo
de voz, pero ya el viejo no me prestaba atención. Estaba hablando con el
encargado para que me hiciera la gauchada de dejarme pasar la noche.
Unos minutos después, el viejo y yo, dentro de un cuarto
desnudo de adornos, echados en camas gemelas y con una mesita velador de por
medio, nos estirábamos entre las sábanas. Yo me acomodé de lado, de cara a él,
para poder vigilarlo. Y así vi que abría una revista y levantaba la pantallita
de la lámpara de luz logrando una mejor visión.
–¿Te molesta la luz? –preguntó.
–No, no, en absoluto –repuse, y por el cambio lumínico distinguí
debajo de su almohada el extremo de un objeto que me pareció la empuñadura de
un cuchillo.
A partir de aquí mis recuerdos son brumosos. Oía a ratos
las sordas risitas del viejo –leía, me dijo en algún momento, las tiras cómicas
de Inodoro Pereyra, el renegau, y su
perro Mendieta–, en tanto yo luchaba denodadamente para que no se me
cerraran los ojos. Primero que se duerma él, me decía a mí mismo una y otra
vez. Primero que se duerma él. Y en tal afán, para no claudicar, agitaba los
párpados y hasta me mordía el labio inferior. Pero los vapores del sueño
acabarían ganando la partida. Me quedé seco.
Aunque no sería por mucho tiempo. A eso de las dos de la
madrugada mi fértil y atormentado inconsciente, en complicidad con el pequeño
cineasta que habita mi mente, me incluyeron en una secuencia de terror pánico.
Y desperté con un sobresalto.
El cuarto estaba en penumbra y el viejo, medio destapado,
dormía boca arriba. Me incorporé, lívido, apoyándome en un codo. Y mirándolo y
aguzando el oído, descubrí que estaba hablando en sueños. Al principio no capté
nada de lo que decía –su voz sonaba arrastrada y hueca–, pero un rato después
pronunció varias palabras con perfecta dicción:
–Rosa… Rosa… tenías razón…
El viejo dio una vuelta y se calló. El silencio se abrió
entonces como un desierto, como la pampa. Me quedé pensando si soñaba
frecuentemente con esa muchacha, o si su sueño, y esto era lo más probable,
sólo respondía a que esa noche por un azar la había recordado.
Dubitativo, temeroso aún, continué mirándolo hasta que me
volví a dormir.
Unos fuertes golpes a la puerta me despertaron a la
mañana siguiente, justo a tiempo para lavarme, vestirme y correr hacia la
estación. El viejo ya no estaba, pero sobre su cama, impecablemente tendida, me
había dejado una nota. Esta decía: “Me fui al laburo. He dejado dicho al
encargado que te despierte a las seis. Buen viaje”.
Permanecí unos instantes de pie, con la nota en la mano,
en silencio. Luego, busqué un lapicero en la mochila y, en el mismo papel,
escribí: “Gracias por todo, amigo”.
16 December 2013
NUEVO LANZAMIENTO EN BIZARRO EDICIONES
LA DUDA DE EDUARDO
Por: Richar
Primo
VIERNES 8 DE
MARZO
Cuando Eduardo Aliaga volvió a leer el correo, ya
no le quedó la menor duda: las palabras que aparecían en la pantalla eran muy
claras. Tenía una cita de trabajo para el día sábado dieciséis de marzo a las
diez de la mañana en la oficina de Recursos Humanos de la empresa de cobranzas
“Castillejo y asociados”. Le ofrecían el puesto de tele gestor y para ello
debía asistir, impostergablemente, a la reunión de capacitación en esa fecha.
< Y tenía que ser precisamente en esa fecha >, murmuró con desazón
Eduardo. Se quedó un rato contemplando el parpadeo del cursor en la pantalla.
Luego se sacó los anteojos de miope que venía usando desde que tenía memoria.
Los limpió con un pañuelo, casi sin ver los vidrios. Después giró el rostro
hacia el lado derecho de su pequeña mesa de trabajo y abrió la carpeta en donde
guardaba todos sus documentos de admisión: el prospecto de la universidad, la
boleta de pago del Banco de la Nación, su carné y código de postulante, y
volvió a mirar la fecha del examen, solo por reflejo, porque ya sabía para
cuándo estaba fijada: sábado dieciséis de marzo a partir de las ocho de la
mañana, en el pabellón C, salón 103, puerta 3 de la Facultad de Letras de la
Universidad San Marcos. Cerró el fólder y se entretuvo, otra vez, en parpadeo
del cursor. Definitivamente estaba frente a un gran problema. Luego de un rato,
apagó la computadora.
Había cumplido los dieciocho años hacía tres meses.
En la foto de su documento de identidad aparecía con el cabello bastante largo,
pero desde hacía un mes se le había dado por tenerlo muy corto. Eso, más sus
lentes de carey grueso, hacía que resaltara la palidez de su rostro, pero así
se sentía más cómodo. Abandonó su mesa de trabajo y se acercó a la ventana de
su cuarto, la que daba hacia la calle: la resolana de la tarde aún era intensa
y la gente que pasaba por su calle todavía parecía sofocada por el calor. Más
allá de las casas y edificios empolvados que cortaban el horizonte de esa parte
del Rímac - en donde había vivido desde la muerte de su padre -la cruz del
cerro San Cristóbal parecía incrustarse en el cielo extrañamente límpido de
Lima. Apoyó los codos en el alféizar de la ventana. Ya habían pasado tres años
desde la muerte de su padre, dos años desde que había terminado el colegio y ya
estaba por terminar el ciclo anual en una academia preuniversitaria. Eduardo
suspiró muy hondo. Hasta ahora había conseguido resistir todas las arremetidas
de la fatalidad, pero ya no estaba seguro de seguir lográndolo. . Volvió a suspirar. Después de un rato, salió de
su habitación porque era la hora en que su madre llegaba del trabajo para
almorzar con él.
- Este fin de semana, me toca turno en la tienda –
dijo mamá, mientras retiraba el plato de sopa y acercaba el arroz con pescado
frito -. Tendrás que cocinarte tú solo.
- Está bien – dijo Eduardo -; no hay problema.
Además tendré tiempo porque este domingo no hay ningún seminario en la
academia. Estudiaré en casa.
Comieron un buen rato en silencio. El comedor y la
sala estaban en el mismo ambiente. Lo cierto es que su departamento tenía solo
ese ambiente común, más la cocinita, el patiecito para el lavado. Después solo
estaban los dos cuartos. Había un televisor y un radio grande sobre un aparador
arrinconado en una de las paredes, luego dos viejos silloncitos azules y una
pequeña mesa de centro que parecía algo astillada. En las paredes laterales,
algunos cuadros de flores y en la pared principal, un gran cuadro con la
fotografía de papá, mamá y él cuando apenas era un niño que terminaba la
primaria: lucía una toga y un birrete, usaba lentes, y papá y mamá lo
flanqueaba felices.
- Los del banco me han avisado que no me darán el
préstamo – le notificó la madre, en un tono secó y frustrado.
- ¿Cómo? ¿Cuándo? – preguntó Eduardo.
-- Ayer me llegó la carta al trabajo, pero solo hoy
día me la han alcanzado – le contestó la madre.
Luego siguieron comiendo en silencio. Ella tenía
puesto todavía el guardapolvo gris que usaba en el trabajo. Los viernes se
traía el uniforme para lavarlo y llevarse el otro. Su cabello ya algo cano
estaba recogido en un moño y lucía un rostro totalmente limpio, sin nada de
maquillaje. Eduardo, sabía que ese recato y sobriedad en sus ropas y sus
arreglos era porque aún mantenía un luto escondido por papá. Sin embargo jamás
habían hablado de ello. Por lo general no hablaban mucho, más allá de algunos
llamados de atención, jamás habían discutido y se llevaban bien, pero hablaban
poco. Eduardo sentía que algo se había trabado en mamá desde hacía tiempo, y
que eso ocasionaba que no hablara más allá de las cosas domésticas de la casa y
del dinero. Todo, en cambio, había sido muy distinto con papá; él era
conversador y ameno; abría el baúl de sus recuerdos y anécdotas cada vez que
hallaba una oportunidad; indagaba sobre cada aspecto de la vida de Eduardo con
la curiosidad de un niño y sin dar señales de estar evaluando lo bueno y lo
malo de los episodios de su vida. Él también lo extrañaba todavía, y mucho.
- Lo de malo – agregó la madre - es que ya estamos atrasados
tres meses en la cuota del departamento y encima hay que pagar el préstamo que
le pedimos a la cooperativa.
- Lo sé – dijo Eduardo -. Lo sé – volvió repetirlo
monótonamente.
- No sé qué vamos a hacer – masculló la madre casi
para sí misma. Luego, con la mirada hacia la ventana que daba al patiecito de
lavado -. Solo queda lo del aumento en el trabajo, a ver si sale.
- También queda que yo encuentre trabajo – dijo él,
y se instaló un largo silencio en la mesa.
Una navidad, le preguntaron qué quería de regalo y
él había estado aguardando por mucho tiempo la pregunta porque ya tenía la
respuesta precisa. Quería un juego completo de piezas para construir pequeñas
casitas: de grande había decidido ser constructor. Luego le explicaron que,
entonces, lo que quería era ser ingeniero civil, y quedó satisfecho con el
nombre: iba a ser ingeniero. Nunca tuvo muy claro cuándo se le vino al idea.
Tal vez de oír alguna conversación en el colegio o cuando fueron a ver los
departamentos en la época en la que estaban buscando uno para comprarlo a
plazos. Puede que allí. < Pero, eso sí, tienes que ser muy bueno en
matemáticas >, le había dicho papá. Y aquella vez, él había contestado que
las matemáticas eran fáciles en su colegio.
- No vas a poder – dijo la madre.
- Pero debería, ¿no? – señaló Eduardo - Necesitamos
más dinero.
Mamá se quedó un rato en silencio, como meditando
en la pregunta. Su rostro aún lozano no delataba ninguna expresión. Luego se
limpió los labios con la servilleta y comenzó a levantar la vajilla
apaciblemente.
- En fin – dijo ella - ya veremos luego qué vamos a
hacer – lo miró a los ojos unos segundos -. Aún tenemos algunos días para el
pago – sentenció con un tono que indicaba el fin de la conversación. Antes de
retirarse a la cocina le dejó una caricia en la cabeza -.Solo a ti se te ocurre
cortarte el cabello tan pequeño – dijo con ternura materna.
SABADO 9 DE
MARZO
A la salida de la academia, logró interceptar a la
China y pudo acompañarla hasta su paradero. Eso le alegró la mañana. La China
también usaba lentes, pero de marco muy delgado y se le veía muy bien. Lo
cierto es que ella era linda de cualquier modo. Un poco más alta que él, el
cabello lacio y la figura delgada sin llegar a ser flaca. Ella quería postular
a Negocios Internacionales y parecía que iba a lograrlo porque era muy
inteligente y estaba en los primeros puestos en los simulacros de ingreso que
organizaba la Academia. Fueron por el camino más largo, uno que bordeaba un
parque y luego les permitía pasear unas cuadras por la calzada central de la
avenida Salaverry que desde hacía un tiempo lucía bonita, arbolada y fresca.
Pensó si acaso no sería esta la mejor oportunidad para declarársele. Pero,
entonces, como si fuera una ráfaga de calor importuno, recordó sus
preocupaciones.
- Pareces nervioso – dijo la China - ¿Acaso es por
el examen de la próxima semana?
- Un poco – le contestó él, algo evasivo -. Creo
que como todos, ¿no?
- Sí, eso es cierto – reflexionó ella -. Te juro
que yo sueño todas las noches con que ya estoy dando el examen – sonrió algo
turbada -. Incluso hasta me acuerdo de algunas preguntas.
- No juegues – se rio también él.
- En serio – aseguró la China y se cogió del brazo
derecho de Eduardo -. Te juro. No te burles – le reclamó engriéndose. Eduardo
sintió el aroma de su champú frutado tan cerca que hubiera querido besarlos –
Ya, te digo una – dijo ella haciendo un ademán como si buscara recordar las
palabras exactas -: ¿De qué trata el primer capítulo de la Constitución
Política del Perú?
- Y tú, ¿qué pusiste en tu sueño? – preguntó él.
- Pues la alternativa “A” – respondió la China
inmediatamente -; o sea la que decía: Derechos fundamentales de la persona.
- A qué fácil te pones el examen, China.
- Anda, tonto. Yo no lo hice – luego se volvió a
reír -, solo lo contesté.
Caminaron un rato en silencio contemplando las
copas de los árboles y viendo a los corredores y ciclistas que iban y venían
sudorosos por la calzada. Eduardo hubiera contarle su dilema. Quién más que la
China, tan inteligente, tan amable, (¿también enamorada cómo él?) como para
abrirle su corazón y decirle, solo a ella, que estaba pensando finalmente no
postular el sábado siguiente, que había estado sacando sus cuentas y que todo
se estaba derrumbando alrededor, que no era justo que su mamá se esté matando
con un trabajo a doble turno, mientras él solo estudiaba y recibía dinero para
los pasajes, para las fotocopias, hasta para las golosinas. No estaba bien.
- No estaba bien, ¿qué? – le preguntó la China y la
voz serena de ella lo regresó momentáneamente de sus cavilaciones.
- Nada – respondió Eduardo -. Me fui al espacio por
un rato.
- ¿Hay algo en que pueda ayudarte, Eduardo? – le
preguntó la China. Eduardo se dio cuenta de que la China hablaba muy serio. Lo
supo por el tono de su voz y porque, deteniéndose, lo miro a los ojos con toda
la disposición que cabía en su corazón. , pensó.
- No, amiga, no te preocupes – le
contestó él -. Como dices, son los nervios de la postulación. - - ¡Ah!, bueno,
pero no me asustes – dijo ella mientras reiniciaban la caminata -. Por un momento pensé que tendría problemas para el sábado.
- No te entiendo – dijo él, cauteloso.
- O sea, tú sabes, que
de pronto te sintieras inseguro – le contestó como ordenando sus palabras -. No
sé, que a lo mejor no quisieras postular.
- Sí quiero postular, China, en verdad que
quiero…- No me hagas caso, entonces – dijo finalmente la China -. Toco madera
para que nada pase – Luego cambió el tono de su voz - El sábado la hacemos
entonces. Somos cachimbos. ¿Sí?
- Sí…, claro – dio Eduardo.
Las últimas cuadras antes de
llegar al paradero de la China, repasaron Lenguaje: categorías gramaticales y
sus accidentes. También algo de Razonamiento Verbal: las clases de homónimas y
las clases antónimos. Ella le dio un beso muy fuerte en la mejilla antes de
subir al ómnibus y le estuvo haciendo adiós con la mano, desde su asiento,
hasta que el vehículo emprendió la marcha y se perdió en el horizonte. Miércoles 13 de marzo
Se
había encontrado con su tío por casualidad, incluso trató de evitarlo cruzando
hacia la otra vereda, pero la luz roja y la prisa de los carros no lo dejaron.
Ni modo. Después de un rato ya estaban sentados en el café Berisso de la
avenida Arenales. Su tío Carlos se bebía lentamente un café muy cargado y a él
le había invitado una cremolada de maracuyá. En el medio de la mesa había unos
cachitos de mantequilla que, según el tío eran muy ricos y, principalmente,
baratos. Ya le había preguntado sobre su mamá, sobre la salud y también le
había estado contado sobre unos negocios que estaba haciendo en provincia:
negocio redondo, sobrino. Plata rápida y sin mucho trámite.El café Berisso era
fresco por los techos altos, y en verano, tenía encendidos algunos
ventiladores. Había un televisor grande que transmitía un programa de noticias,
enmarcado en una de sus paredes, pero que muy pocos miraban. Desde sus ventanas
se veía la avenida Cuba como un cuadro urbano luminoso y a punto de incendiarse
por el intenso verano. -
¿Cómo va el asunto de tu ingreso? – le pregunto su tío.- Va bien, tío –
contestó Eduardo, un tanto esquivo -. Este sábado me toca postular.- Y tú qué
crees – preguntó otra vez el tío -, ¿la agarras?- Yo creo que sí, pero siempre
puede pasar algo – respondió Eduardo.- Tu padre siempre quiso estudiar una
carrera – rememoró el tío -. Quería ser doctor, pero doctor de una vaina que
tenía que ver con lo de las enfermedades del corazón.- Cardiología – definió
Eduardo -. Sí. Lo sabía.- Solo que las cosas no se le
dieron - recordó el tío. Bebió otro sorbo de café -. En fin, no le fue mal.
Hizo negocios como yo. Ayudó a la familia. Nos dio una buena mano.
Luego conoció a tu mamá. Formó una familia. Lástima que se haya ido tan joven. No
pudo estar la noche en que falleció su papá. Los doctores ya habían vaticinado
lo peor. Ellos dijeron que solo había que esperar. Fueron unos días muy duros.
No obstante, Eduardo sí sabía lo que su papá esperaba de él. Lo habían
conversado varias veces. En cierta forma, a pesar de ser padre e hijo, y quizás
porque la muerte idealiza a las personas, tal vez; pero Eduardo lo recordaba
como el mejor amigo que tuvo.- Entiendo que tienen problemas de dinero,
¿cierto? – interrogó el tío, mientras mordía unos de los cachitos de
mantequilla.- Sí, tío – contestó él.- Y qué piensas al respecto – volvió a
interrogar el tío, aun sin mirarlo a los ojos.- No estoy seguro – dijo Eduardo.
Espero unos segundos. No estaba seguro de lo que iba decir -. Estaba pensando
no postular por ahora, y ponerme a trabajar hasta que se nivelen las cosas –
respiró hondo -. Y solo luego, intentar lo de la universidad. - Es una buena
idea – dijo el tío.
Eduardo también cogió un cachito de mantequilla,
pero el sabor de la mantequilla no se compatibilizó con el de la cremolada de
maracuyá. De todas maneras, siguió mordiendo para cubrir un tanto el silencio
que se había instalado en la mesa.
- Tío, ¿tú qué harías? – preguntó esta vez Eduardo.
- ¿Yo? – retrucó el tío. Después se quedó en
silencio un rato mientras sorbía lo último de café que quedaba en la taza – Yo
haría lo que tú dices. Yo no entiendo bien el asunto de las universidades,
sabes. A mí me interesa tener a mi familia bien y con lo que yo hago no me va
mal.
- Gracias tío, lo tomaré en cuenta – dijo Eduardo.
Después el tío pidió la cuenta, pago, y se quedó
mirando el último cachito de mantequilla. ,
dijo. Y masticó el último un buen rato. Luego miró a su sobrino como si
reconociera a alguien que hacía tiempo no había visto. Salieron a la avenida
Cuba. Unas nubes habían cubierto al sol y había un fresco momentáneo en el
ambiente. Se dieron la mano, y antes de que el tío le soltara la mano le dijo:
- Pero, sobrino, esa es la decisión que yo hubiera
tomado – le puso una mano sobre el hombro -. Sin embargo, tú eres hijo de tu
padre y él, siempre pensaba distinto, era un soñador, medio loco.
- No entiendo – dijo Eduardo.
- Lo que quiero decir, es que yo siempre lo admiré.
Le soltó la mano y se despidió diciéndole que le
dijera a su mamá que lo llamara. A ver qué se podía hacer. Se perdió por la
avenida Arenales: curvado, algo canoso, pero con el paso apresurado.
VIERNES 15
DE MARZO
Se habían juntado en la casa de Gabriela - que era
la más entusiasta e hiperactiva de todos - para dar una última repasada antes
de irse a descansar y tomar fuerzas para el examen. Gabriela vivía por la
avenida Colonial, en una casa de dos plantas muy bonita. Todos se habían
arremolinado en el jardín en torno a un árbol de manzano y los cuadernos, los
libros, lapiceros y resaltadores estaban desperdigados sobre el césped. A un costado, en una mesita, estaban dos jarrones
de limonada que la mamá de Gabriela había puesto para que nosotros pudiéramos
refrescarnos de tanto en tanto.
Eduardo había llegado un poco tarde porque primero
había dado algunas vueltas por la avenida. Además, se había quedado dormido esa
mañana y no había podido ver a su mamá que tuvo que salir temprano porque se
iba a reunir con alguien. Nunca le dijo con quién. La verdad es que Eduardo
tampoco estuvo muy entusiasmado en hablar con ella. Hubiera tenido que decirle
que había decidido no postular por esta vez y que iba a esperar hasta la
siguiente convocatoria. Al menos estaba casi seguro de ello, o por lo menos,
era lo que creía que debería hacer. No había podido dormir y se sentía algo
malhumorado. Sin embargo, conforme había avanzado la mañana, decidió acompañar
a sus compañeros al repaso extraordinario que habían organizado en la casa de
Gabriela.
Se sentó, como siempre, al lado de la China.
Percibió otra vez el a frutas de champú, pero luego ya no hablaron mucho porque
en eso de estudiar, la China, y él mismo, eran bastante estrictos. Lograban
desconectarse de todo lo demás y sumergirse en el temario que les tocaba.
Aunque esa mañana, a él no le salía tan bien eso de la concentración, hizo
cuánto pudo para estar a la altura de las circunstancias. Después de todo, se
dijo, él iba a postular en algunos meses. Bien le valía el repaso.
Repasaron primero Álgebra y Gabriela, incluso,
mostró la solución de un problema en una pizarrita acrílica que se había
conseguido. Aplaudieron a la profesora que se agradeció con venías de teatro.
Luego ya se concentraron en otros temas. Eduardo recordó las instrucciones del
asesor de la academia. Había que llegar a tiempo a la universidad. Llevar un
lápiz "b2". La China se levantaba el marco de los lentes, de rato en
rato, con el dedo índice. No olvidar que según Tales de Mileto todo es agua. Tener tranquilidad porque en los momentos
difíciles es donde se demuestra el temple de las personas, al menos eso dicen
por allí. No olvidar de llevar el carné de postulante. Tampoco hay que olvidar
que todo es relativo y que, finalmente, lo único
absoluto es que todo es relativo. Tener ganas de mandar de paseo a todos los que se
cruzan en el camino los días previos a la postulación para preguntar cómo van
las cosas. Hacer la cola ordenadamente y estar despierto porque hasta en colas
como esas hay uno que otro ladroncillo que podría fastidiar el día, y hasta la
vida, si acaso se roban la billetera con la documentación del distraído
postulante.
Vamos, hay que repasar un poco más: en gramática
hay categorías variables e invariables, y esto depende de los benditos morfemas
flexivos, que no tienen que ver con la flexibilidad de los cuerpos que es más
bien cosa de Física y que la palabra física es esdrújula y que lleva tilde general. Ah, y a
propósito, el general Odría gobernó ocho años luego de derrocar a José Luis
Bustamante y Rivero. No muy buen presidente, según dijo el profesor de
Historia. Aunque también lo dice, en el curso de Literatura, un personaje en la
novela Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura
2010. Novelista que inició el fenómeno literario denominado Boom junto a Gabriel García Márquez, quien también
obtuvo el Nobel de literatura 1982.
Estudiar un poco más, repasar razonamiento
matemático en donde te plantean que tienes que llenar una piscina y tienes dos
mangueras de diferente grosor. Mientras recuerdas que hay que buscar con calma
que el salón coincida con tu código allá en la universidad. Ahora bien, si
utilizas la manguera ancha tardarás 240 minutos (4 horas) en llenar la piscina.
También es bueno darle una rezadita a Dios, por si acaso. Ahora bien, si
utilizas la manguera delgada tardarás 360 minutos (6 horas) en llenarla. ¿Y eso
qué importancia tendrá en la vida? ¿Cuánto tardarás en llenarla si utilizas las
dos mangueras?
Contestar lo que se pueda. Empezar por las fáciles,
recomendó el profesor peladito de Razonamiento Verbal en alguna de esas tardes
de consejo; pero entonces aparece el viejo chiste de dónde están las fáciles, y
ya basta de tonterías, porque a esto hay que ponerle seriedad. Hay que marcar
con fuerza la alternativa que señale la analogía correcta, por ejemplo: postular - estado de locura temporal. A ratos tenía su chispa el profesor calvito.
SABADO 16 DE
MAYO
Cuando abrió los ojos, aún amodorrado por el sueño,
vio que su madre estaba sentada en el borde de su cama totalmente vestida como
para salir. Había una sonrisa plena en su rostro.
- Tienes que levantarte ya – le dijo -. Te queda
poco tiempo para cambiarte, desayunar y llegar al examen.
- Mamá – dijo Eduardo -, yo había decidido otra
cosa. Tendría que habértelo dicho ayer.
- Lo sé – dijo mamá. Estaba alegre, con una mirada
serena -. Lo sé. Y me alegra de que seas tan buen hijo; pero tienes que saber
que tú yo somos un equipo de pelota.
- De fútbol – corrigió Eduardo, mirándola algo
extrañado.
- De lo que sea – alegó ella -. Lo que te quiero
decir es que a tu padre y a mí nos gustaba soñar, y, sabes, tú eres uno de esos
sueños hechos realidad.
- No entiendo bien a dónde quieres llegar, mamá –
dijo Eduardo sentándose en la cama y restregándose un tanto los ojos.
- Que me disculpes porque yo también me he estado
equivocando – contesto ella -. He estado mucho tiempo lamentando lo de tu papá
y me estaba olvidando que parte de él está aquí, sentado, con cara de sueño y a
punto de hacer una tontería. Tú tienes que seguir con lo que quieres hacer. Es
tu deber. Ese es también mi sueño.
- ¿Y la plata? ¿Qué vamos a hacer?
- Todavía no tengo la menor idea, hijo
- Y entonces
- Pero, todavía estamos los dos. Hay mucho que
podemos hacer.
A
las siete y treinta de la mañana, Eduardo era apenas una silueta casi
imperceptible en el muchedumbre de jóvenes que se ordenada en las puertas de la
universidad para el examen de admisión. El cielo era plomizo aún, pero se
presagiaba que pronto iba a despejar y que iba a haber un día radiante. Cuando
las puertas se abrieron para el ingreso, Eduardo no pudo ver a mamá, pero sabía
que ella estaba por allí, mirándolo.
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